El Espejismo de la Membrana: La Sutura de la Identidad del Porno Fake y la Alucinación Clínica de la Carne Ideal

No debería mirarlo tanto.

No por moral.

Por otra cosa.

Más incómoda.

Más difícil de explicar.

Empieza siempre igual.

Una pestaña.

Un enlace.

Un vídeo que no es real del todo.

O eso me digo.

Me digo eso para poder seguir.

Hoy lo abrí sin pensar.

Eso es lo peor.

Sin pensar.

Solo un gesto.

El dedo ya sabía el camino.

Antes que yo.

La pantalla cargó.

Lenta.

Demasiado perfecta incluso en la carga.

Como si ya supiera lo que quiero ver antes de que yo lo quiera.

Eso me incomoda.

Pero no lo cierro.

No todavía.

Hay algo en esa perfección que no se siente como deseo.

Se siente como orden.

Como algo que no deja espacio para dudar.

Y aun así estoy aquí.

Mirando.

Sin parpadear.

Me sorprendo buscando fallos.

Algo humano.

Un error mínimo.

Una imperfección que me devuelva a algún lugar real.

Pero no aparece.

O si aparece, no lo veo.

No sé si eso es peor.

La habitación está en silencio.

Solo el ventilador.

Solo el brillo del monitor.

Solo mi respiración, que no controlo del todo.

Me doy cuenta de que estoy más tenso de lo que debería.

No excitado exactamente.

Otra cosa.

Más parecida a estar atrapado.

Como si el cuerpo respondiera antes que la intención.

Eso es lo que me asusta.

No lo que veo.

Sino cómo me afecta sin pedirme permiso.

Hay polvo flotando cerca de la pantalla.

Pequeños puntos suspendidos en la luz.

Suben.

Bajan.

Como si también estuvieran siendo renderizados.

Me descubro pensando una frase absurda:

esto no es real, pero tampoco es mentira.

Y no sé qué hacer con eso.

El vídeo sigue.

Sin pausa.

Sin esfuerzo.

Demasiado fluido.

Demasiado limpio.

Y yo sigo ahí.

Con la mano quieta.

Sin tocar nada.

Como si moverme pudiera romper algo que ya está ocurriendo dentro de mí.

No lo entiendo del todo.

Y eso es lo que me mantiene.

No sigo mirando porque quiero más.

Sigo mirando porque no sé cómo salir sin sentir que pierdo algo que ni siquiera sé nombrar.

El cursor se detiene en un punto.

No lo he movido yo.

O eso creo.

Y por un segundo tengo la sensación absurda de que la imagen me está mirando a mí.

No a mis ojos.

A otra cosa.

Más lenta.

Más profunda.

Cierro la pestaña.

La vuelvo a abrir.

Sin razón.

Sin decisión.

Solo retorno.

Como si el gesto ya no fuera mío.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…