La taza de café estaba fría.
No recordaba cuándo había dejado de beberla.
Llevaba varios minutos mirando la misma fotografía.
Quizá más.
No era una imagen especialmente extrema. Ni siquiera era la más interesante de todas las que había visto aquella semana.
Y sin embargo seguía ahí.
Volvía.
Cerraba la pestaña.
Abría otra.
Terminaba regresando a la misma.
Durante un tiempo pensé que era curiosidad.
Después pensé que era investigación.
Más tarde me convencí de que simplemente estaba intentando comprender algo que no conocía.
Ahora ya no estoy seguro de cómo llamarlo.
La imagen mostraba unas manos cubiertas por unas manoplas gruesas.
Nada más.
Sin cadenas.
Sin dramatismo.
Solo dos manos privadas de la posibilidad más simple del mundo: tocar.
Recuerdo que fue eso lo que me hizo detenerme.
No la inmovilidad.
No la obediencia.
La ausencia de contacto.
Me descubrí imaginando cosas absurdas.
Intentar recoger una llave.
Rascarse la nariz.
Apartar un mechón de pelo.
Sujetar una taza.
Acciones tan pequeñas que normalmente desaparecen del pensamiento.
¿Por qué me interesaba tanto imaginar su ausencia?
No tenía una respuesta.
La pantalla iluminaba el escritorio.
Fuera empezaba a oscurecer.
La habitación estaba en silencio.
Y aun así tenía la sensación extraña de que algo seguía moviéndose.
No en la imagen.
En mí.
Seguí leyendo.
Artículos.
Foros.
Experiencias.
Siempre aparecía la misma palabra.
Entrega.
No terminaba de creerla.
Parecía demasiado sencilla.
Demasiado limpia.
Porque cuanto más leía, menos parecía tratarse de las manos.
Y más de otra cosa.
Algo difícil de nombrar.
La posibilidad de dejar de intervenir constantemente sobre el mundo.
La posibilidad de no tener que corregir nada.
De no tener que alcanzar nada.
De no tener que controlar nada.
Eso me incomodó más de lo que esperaba.
Cerré la pantalla.
La volví a abrir pocos minutos después.
No porque hubiera encontrado una respuesta.
Precisamente porque no la había encontrado.
Y quizá ahí estaba el problema.
O la razón.
Todavía no lo sé.
Sigo diciendo que solo tengo curiosidad.
Lo extraño es que ya no sé si lo digo para explicarlo…
o para poder seguir.
Pienso en mover el cuello.
Espero notar el instante exacto en que empiece el movimiento.
Pero cuando intento encontrarlo, ya ha ocurrido.
Como si la decisión hubiera llegado después.
Como si algo hubiera empezado antes que yo.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…