La Geodesia de la Metamorfosis Rígida: Auditoría de las Ataduras Dinámicas, la Tensión y la Cal sobre el Soporte

Para el activo, el problema nunca fue la cuerda.

Ni siquiera la forma en que la tensión parecía desplazarse por su cuenta.

El problema era mucho más difícil de explicar.

Porque no quería pensar en ello.

Y, sin embargo, no conseguía dejar de hacerlo.

Al principio todavía intentaba anticipar el sistema.

Buscaba patrones.

Una liberación.

Un ajuste.

Otro más.

La sensación de que, si observaba con suficiente atención, terminaría entendiendo la lógica oculta detrás de cada cambio.

No ocurrió.

La cuerda parecía poseer una paciencia que yo no tenía.

Hay polvo suspendido bajo la luz.

Muy poco.

No lo suficiente para llamar la atención de alguien que acabara de entrar en la habitación.

Pero llevo demasiado tiempo aquí.

Ahora puedo distinguir las partículas cuando atraviesan la franja blanca que cae desde el fluorescente.

Suben.

Bajan.

Desaparecen.

La tensión cambia otra vez.

No mucho.

Lo suficiente.

Siempre lo suficiente.

Eso es lo que resulta agotador.

No la intensidad.

La precisión.

Un músculo del muslo intenta corregir algo.

Fracasa.

Vuelve a intentarlo unos segundos después.

Fracasa otra vez.

Nadie lo ve.

Ni siquiera yo lo sentiría si no estuviera prestando una atención absurda a cosas absurdas.

Hay una grieta fina cerca del encuentro entre dos placas del techo.

No parece reciente.

Tampoco parece antigua.

Simplemente está ahí.

Empiezo a seguirla con la mirada.

Durante varios minutos.

No sé por qué.

La cuerda vuelve a redistribuir la carga.

La polea responde.

Tres chasquidos.

Siempre tres.

Me doy cuenta de que estaba esperándolos.

Eso me irrita.

Porque significa que ya conozco el sonido.

Y no recuerdo cuándo empecé a conocerlo.

El olor también ha cambiado.

No completamente.

Solo un poco.

Polvo tibio.

Metal.

Algo parecido a madera vieja calentándose lentamente.

Es una tontería.

No debería importar.

Y sin embargo mi mente vuelve una y otra vez a lo mismo.

Al olor.

A la grieta.

A las partículas suspendidas.

Como si observar esas cosas resultara más sencillo que admitir cuánto espacio ocupa ya esta experiencia dentro de mi cabeza.

No me gusta.

Eso sigue siendo cierto.

No quiero la tensión.

No quiero el siguiente ajuste.

No quiero estar pendiente del próximo sonido.

Y, aun así, cuando la estructura permanece inmóvil demasiado tiempo, me descubro esperando.

Esperando exactamente aquello que digo no querer.

La grieta sigue allí.

El polvo también.

La polea guarda silencio.

Paso varios segundos observando una pequeña acumulación de suciedad junto a una rueda metálica, preguntándome cuánto tiempo lleva exactamente en el mismo lugar.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…