Lo más extraño es que ya no sé si recuerdo el dolor.
Durante mucho tiempo pensé que era eso lo que regresaba.
La intensidad.
La presión.
El impacto.
La sensación física.
Pero cuanto más tiempo pasa, menos seguro estoy.
Porque cuando intento volver allí, no encuentro el dolor.
Encuentro otra cosa.
Encuentro la espera.
Encuentro la atención absoluta.
Encuentro la forma en que todo mi pensamiento parecía organizado alrededor de un único punto.
Y eso resulta mucho más difícil de explicar.
El dolor terminó.
La espera no.
La sesión terminó.
La espera no.
Los acontecimientos terminaron.
La espera no.
Sigue aquí.
Como una presencia que se niega a abandonar la habitación.
Hay momentos en los que intento analizarlo racionalmente.
Me digo que no tiene sentido.
Me digo que debería ocupar menos espacio.
Me digo que existen cosas más importantes.
Y sin embargo ocurre lo contrario.
Cada argumento genera una nueva pregunta.
Cada respuesta abre una nueva contradicción.
Cada contradicción produce una nueva obsesión.
Y la obsesión produce excitación.
No una excitación simple.
No una excitación feliz.
Una tensión constante.
Una presión.
La sensación de que algo continúa abierto.
Como si una conversación hubiera sido interrumpida en mitad de una frase.
Como si una puerta hubiera quedado detenida unos centímetros antes de cerrarse.
Intento comprender por qué.
Fracaso.
Vuelvo a intentarlo.
Fracaso otra vez.
Y cada fracaso parece alimentar aquello que intento resolver.
Ese es el problema.
La obsesión ya no se comporta como una pregunta que busca respuesta.
Se comporta como una pregunta que necesita seguir existiendo.
Porque mientras permanece abierta continúa generando energía.
Continúa generando atención.
Continúa generando deseo.
A veces pienso que ya no estoy intentando entender lo que ocurrió.
Estoy intentando entender por qué sigo intentando entenderlo.
Y esa segunda pregunta resulta mucho más peligrosa que la primera.
Porque no tiene límite.
No tiene conclusión.
No tiene una resolución visible.
Solo sigue creciendo.
Hasta que todo parece pasar a través de ella.
Las conversaciones.
Los pensamientos.
Los días.
Las noches.
Todo termina regresando al mismo lugar.
No porque yo lo elija.
Sino porque la pregunta se ha vuelto más grande que las respuestas.
Y allí permanece.
No como un recuerdo.
No como una fantasía.
No como una decisión.
Como una presencia.
Silenciosa.
Persistente.
Esperando.
Exactamente igual que yo sigo esperando comprenderla.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…