La soga no debería sentirse.
Pero se siente.
No como presión.
Como memoria.
Paso los dedos por la muñeca.
La piel no está marcada.
Pero el dolor sí.
No coincide con la superficie.
Coincide con algo anterior.
Como si la marca hubiera existido antes del contacto.
Miro hacia el perno.
No está en la pared.
Está en el suelo.
A un metro de distancia.
No hay rastro de desplazamiento.
Solo dos estados posibles.
Fijado.
No fijado.
La cuerda sigue tensa.
Pero no está unida a nada.
El aire entre mis muñecas tiene forma.
No la veo.
La noto.
Como una geometría sin soporte.
El cuello intenta moverse.
No por decisión.
Por corrección.
Como si algo intentara alinear el cuerpo con una instrucción previa.
En la mesa aparece una nueva línea.
No en la nota.
Debajo de la nota.
Directamente en la madera.
No escrita.
Condensada.
Dice:
LA POSICIÓN NO DEPENDE DEL CUERPO.
Levanto la mirada.
El espejo ya no muestra mi reflejo.
Muestra la habitación.
Pero desde un ángulo que no ocupa ningún punto del espacio.
Como si la habitación estuviera siendo vista desde dentro de su propia estructura.
Y entonces entiendo la primera variación real.
No es la inmovilidad.
No es la restricción.
Es otra cosa.
La habitación no impide el movimiento.
Decide qué movimiento es válido después de que ocurre.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…