El Espejismo de la Opacidad: Diario de un Soporte Bajo el Escrutinio Total

No sé por qué sigo recordando la forma en que acomoda la manga izquierda.

Ni siquiera es un gesto importante.

A veces ocurre una sola vez en toda la tarde.

Dos dedos.

Un pequeño tirón de tela.

Nada más.

Y sin embargo mi memoria lo conserva con una precisión obscena.

Podría olvidar conversaciones enteras.

Podría olvidar fechas.

Podría olvidar qué estaba pensando cinco minutos antes.

Pero no eso.

No la forma exacta en que la tela se tensa sobre su muñeca antes de volver a quedar inmóvil.

Creo que ahí empezó el problema.

Porque no me gusta ser sumiso.

Nunca me ha gustado la palabra.

Nunca me ha gustado la idea.

Todavía encuentro algo irritante en ella.

Todavía existe una parte de mí que quiere protestar cada vez que mi mente regresa a este lugar.

Y aun así vuelve.

Siempre vuelve.

No porque quiera obedecer.

No porque disfrute obedecer.

Sino porque hay algo en su proceso que se convierte en gravedad.

Algo que transforma la permanencia en una obsesión silenciosa.

A veces imagino que me levantaré.

Que haré cualquier otra cosa.

Que recuperaré la dirección de mis propios pensamientos.

Y entonces recuerdo el sonido que hace cuando pasa una página.

O la forma en que inclina apenas la cabeza cuando está concentrado.

O esos segundos extraños en los que parece olvidarse de todo lo que existe alrededor.

Y vuelvo a quedarme.

No haciendo nada.

No esperando una recompensa.

No esperando atención.

Simplemente permaneciendo.

Como si mi presencia hubiera encontrado un uso que yo mismo no comprendo.

Lo extraño es que no quiero convertirme en otra persona.

No quiero desaparecer.

No quiero ser reducido.

Lo que quiero es mucho más difícil de explicar.

Quiero permanecer cerca del mecanismo mientras funciona.

Quiero estar presente mientras su atención avanza de una cosa a otra.

Quiero existir dentro del radio de esa concentración.

Aunque no participe.

Aunque no importe.

Aunque nadie me haya pedido quedarme.

Hay momentos en los que lo observo trabajar y siento que mi propia identidad empieza a aflojarse.

No de manera dramática.

No como una ruptura.

Más bien como un nudo que deja de tensarse.

Un músculo que descubre que llevaba horas contraído sin motivo.

Una respiración que se vuelve más lenta porque ya no necesita decidir nada.

Y entonces aparece ese pensamiento otra vez.

El mismo pensamiento.

Siempre el mismo.

No me gusta ser sumiso.

Pero tampoco quiero marcharme.

No me gusta convertirme en parte de esto.

Pero tampoco quiero estar en otro lugar.

No me gusta la palabra.

No me gusta la definición.

No me gusta admitirlo.

Y aun así sigo aquí.

Observando la forma en que mueve una mano.

La pausa exacta entre dos movimientos.

La ligera inclinación de sus hombros cuando lee.

Permaneciendo.

Esperando.

No hasta que yo entienda algo.

No hasta que yo consiga algo.

Solo hasta que su proceso concluya.

Y cada vez resulta más difícil recordar dónde termina el suyo y dónde empezaba el mío.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…