No era la saliva lo que me inquietaba al principio.
Era la forma en que aparecía.
Sin intención.
Sin origen claro.
En la pantalla del baño, el espejo inteligente muestra una notificación pequeña.
Una marca.
Un punto húmedo en el borde del vidrio.
He pasado el dedo.
No estaba sucio.
No estaba seco tampoco.
Como si el cristal ya hubiera sido tocado antes.
He apagado la pantalla.
La he vuelto a encender.
La marca seguía ahí.
Pero ahora estaba un milímetro más arriba.
He mirado el lavabo.
El grifo estaba cerrado.
Sin embargo, el borde tiene humedad nueva.
No recuerdo haberlo usado.
He abierto el historial del sistema del baño.
Hay un registro de consumo de agua a las 03:14.
No estaba despierto a las 03:14.
He leído la línea tres veces.
La tercera vez he sentido vergüenza.
No por el dato.
Por la necesidad de comprobarlo otra vez.
He vuelto a mirar el espejo.
La humedad ya no está en el borde.
Está en el centro.
Y esta vez tiene forma de huella.
No mía.
O no la que yo recuerdo.
He intentado limpiarlo.
El papel se rompe al tocarlo.
No por humedad.
Por resistencia.
Como si el vidrio ya no quisiera ser seco otra vez.
He mirado mis manos.
No están mojadas.
Pero hay un olor leve.
Como saliva vieja.
Como si hubiera estado hablando mientras dormía.
Eso es lo que no quiero aceptar.
Porque la siguiente pregunta es peor:
si alguien estuvo aquí… ¿por qué no dejó nada más que esto?
Y la otra, todavía peor:
¿por qué mi cuerpo no distingue entre haber estado solo o no?
El cuello debería…