La Geometría del Amperaje Soberano: Sade y la Impresión del Mecanismo en el Tejido

La contradicción ha crecido tanto que ya no parece una contradicción.

Parece una habitación.

Una habitación dentro de la que vivo.

Cuanto más intento resolverla, más espacio ocupa.

Cuanto más espacio ocupa, más difícil resulta recordar cómo era pensar en cualquier otra cosa.

La excitación llegó hace tiempo a un punto donde dejó de sentirse como excitación.

Ahora se parece más a una presión.

Una presencia.

Una tensión constante.

Como si algo permaneciera abierto.

Como si una puerta hubiera sido empujada unos centímetros y jamás hubiera terminado de cerrarse.

Lo extraño es que sigo haciéndome las mismas preguntas.

No me gusta ser sumiso.

No me gusta la palabra.

No me gusta la sensación de dependencia que implica.

No me gusta la forma en que reorganiza la mente.

No me gusta descubrir cuánto espacio puede ocupar una sola persona dentro de otra.

Y sin embargo nada de eso modifica el resultado.

Las preguntas se abren.

Nunca se cierran.

Cada respuesta parece convertirse inmediatamente en combustible para la siguiente pregunta.

¿Por qué sigo pensando en ello?

¿Por qué sigo regresando?

¿Por qué la memoria de aquella habitación conserva más nitidez que acontecimientos mucho más importantes?

¿Por qué recuerdo detalles absurdos?

¿Por qué puedo reconstruir distancias?

¿Por qué puedo recordar la posición exacta de ciertos objetos?

¿Por qué puedo recordar la espera?

Sobre todo la espera.

No el comienzo.

No el final.

La espera.

Permanecer ya ajustado.

No tener nada que hacer.

No tener ninguna tarea.

Ninguna decisión.

Ninguna iniciativa.

Solo permanecer.

Solo esperar.

Esperar el final del proceso del Amo.

Y cuanto más pienso en ello, menos entiendo por qué aquella simplicidad contiene tanto peso.

La obsesión aumenta.

La excitación aumenta.

La comprensión disminuye.

Y precisamente esa falta de comprensión alimenta otra vez la obsesión.

Es un mecanismo perfecto.

Un circuito que parece alimentarse de sus propias preguntas.

Llega un momento en que ni siquiera estoy recordando una sesión.

Estoy recordando el hecho de recordarla.

Estoy observando mi propia observación.

Analizando mi propio análisis.

Construyendo capas sobre capas hasta que el acontecimiento original queda enterrado bajo una montaña de interpretaciones.

Pero debajo de todas ellas sigue existiendo algo extremadamente simple.

La espera.

La presencia.

La sensación de que todo estaba suspendido.

La sensación de que nada necesitaba resolverse todavía.

Quizá por eso resulta tan difícil abandonarlo.

Porque el resto del mundo exige conclusiones.

Exige decisiones.

Exige movimiento.

Aquella habitación no exigía nada.

Solo permanecer.

Y ahora la mente gira alrededor de ese recuerdo igual que una lengua regresa una y otra vez al mismo diente.

No porque exista una respuesta allí.

Sino porque la ausencia de respuesta se ha vuelto imposible de ignorar.

La obsesión crece.

La excitación crece.

La contradicción crece.

Y en algún lugar del centro de todo ello permanece la misma imagen inmóvil.

No el dolor.

No el miedo.

No siquiera el deseo.

Solo la espera.

Solo la certeza insoportable de que, incluso ahora, una parte de mí sigue allí.

Ya ajustada.

Ya inmóvil.

Todavía esperando.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…