La búsqueda infinita, en el mecanismo de la ingeniería de la fijeza, no empieza como exploración.
Empieza como gesto mínimo.
Un movimiento casi inocente.
Abrir la interfaz.
Deslizar el dedo.
Aceptar el inicio.
Y en ese instante ya no hay retorno claro.
No porque algo ocurra fuera.
Sino porque algo dentro ya ha sido reorganizado.
Antes de la primera imagen.
Antes de la primera decisión.
Siento el pre-ruido del scroll vibrando en el soporte nervioso antes de que el catálogo se despliegue.
No es deseo todavía.
Es suspensión.
Una espera sin objeto.
Una especie de vacío activo.
Como si el sistema ya supiera que no voy a terminar de elegir.
Y aun así me ofrece todo.
La abundancia no libera.
Satura.
Y en esa saturación aparece la forma más silenciosa del control.
No la prohibición.
Sino la imposibilidad de detenerse.
Sade, si aparece aquí, no está en la imagen extrema del deseo.
Está en la estructura del exceso.
En ese punto donde la elección deja de ser una decisión.
Y se convierte en reflejo.
El catálogo no me pide que quiera.
Me entrena para no cerrar.
Para seguir un poco más.
Un poco más siempre.
Y ese “más” no tiene dirección.
Solo continuidad.
Hay algo casi físico en esto.
Una fatiga que no viene del esfuerzo.
Sino de la exposición.
De ver demasiado sin llegar a tocar nada.
La mente empieza a comportarse como un músculo que ya no distingue entre explorar y rendirse.
Entre buscar y abandonar.
Y en ese punto, la fijeza aparece.
No como estabilidad.
Sino como bloqueo suave.
Una inmovilidad que se disfraza de libertad.
Sigo deslizando.
Pero ya no sé si elijo o si soy arrastrado por la estructura misma de lo que se muestra.
El algoritmo no ordena.
Sedimenta.
Deja capas de opciones superpuestas hasta que el presente se vuelve opaco.
Y entonces aparece la sensación más extraña.
No es frustración.
Es agotamiento anticipado.
Como si la decisión ya estuviera fallada antes de intentarla.
El yo se vuelve una notificación atrasada de su propia elección.
Siempre llegando después del gesto.
Nunca antes.
Y en ese desfase, el sujeto se sostiene.
No como centro.
Sino como residuo de navegación.
Sade habría visto aquí algo más frío que el deseo.
Una arquitectura del aplazamiento.
Donde no hay acto final.
Solo variaciones del mismo inicio repetido.
Y quizá por eso la búsqueda infinita no es hambre.
Es circulación.
Un movimiento sin descarga.
Una promesa que se renueva justo cuando está a punto de resolverse.
Y lo más inquietante no es perderse.
Es descubrir que no hay lugar donde llegar.
Solo capas.
Solo más.
Siempre más.
No sé qué estoy buscando.
Eso es lo primero que me da vergüenza.
No saberlo y aun así abrirlo.
La pantalla carga.
Demasiado lenta.
Siento el cuerpo más que la imagen.
Un segundo antes del scroll ya estoy cansado.
Hay algo íntimo en esto que no quiero nombrar.
Algo que no es placer todavía.
Pero se parece.
Deslizo.
Deslizo otra vez.
Y cada vez es peor.
Porque no encuentro nada que me detenga.
Solo continuidad.
Miniaturas.
Caras.
Promesas pequeñas que no cumplen nada.
Me digo: una más.
Siempre una más.
Y esa frase ya no suena a decisión.
Suena a caída.
—
No sigo mirando porque entiendo.
Sigo mirando porque entender no sirve.
Eso me molesta.
No debería ser así.
Pero lo es.
—
El sistema no grita.
Susurra.
Y el susurro es peor.
Porque entra antes de que pueda rechazarlo.
Siento la fatiga en los ojos.
No física del todo.
Más bien una especie de saturación interna.
Como si ya hubiera visto todo sin haber visto nada.
Me detengo medio segundo.
No lo suficiente.
—
Hay un momento extraño.
Entre dos clics.
No es silencio.
Es espera comprimida.
Ahí aparece algo parecido a la culpa.
No fuerte.
No clara.
Solo una textura.
—
Sigo bajando.
El movimiento ya no es elección.
Es inercia educada.
El pulgar conoce el camino mejor que yo.
—
Pienso: debería cerrar.
No lo hago.
Pienso: no hay nada aquí.
Y aun así permanezco.
Eso es lo que no encaja.
—
La habitación está quieta.
Pero dentro de la cabeza todo se desliza.
Cal.
Polvo.
Pantallas acumuladas.
No sé cuándo empezó a sentirse físico.
Pero ahora lo es.
El cuello rígido.
Un leve tirón.
Lo ignoro.
—
Otro scroll.
Otro.
Ya no hay diferencia entre buscar y repetir.
Solo variaciones mínimas de lo mismo.
—
Y en algún punto, muy breve, aparece una lucidez incómoda:
esto no es curiosidad.
es mantenimiento.
—
Cierro la app medio segundo.
La vuelvo a abrir.
No sé por qué.
Sí lo sé.
Pero no quiero escribirlo.
—
La búsqueda infinita no termina.
Solo cambia de forma.
Y yo sigo dentro como si fuera normal.
Como si no hubiera un borde.
Pero lo hay.
Solo que no lo estoy tocando todavía.
—
El pulgar se detiene.
Por fin.
Un instante.
Demasiado tarde.
O demasiado pronto.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…