Si el Marqués de Sade hubiera visto el porno en realidad virtual, no lo habría pensado como tecnología, sino como una perfección del encierro.
No una evolución de la imagen.
Sino la eliminación de todo lo que no es imagen.
Lo primero que habría notado no sería el contenido, sino la arquitectura: el hecho de que el mundo desaparece sin dejar restos. No hay esquina de habitación, no hay polvo en la luz, no hay pared que recuerde que hay un afuera. Solo una superficie envolvente que no se interrumpe nunca.
Eso es lo que lo vuelve inquietante.
No lo explícito.
Sino la continuidad.
Durante mucho tiempo pensé que Sade hablaba del exceso.
Después entendí que hablaba de otra cosa.
De la desaparición de la distancia.
En la VR esa distancia ya no existe desde el inicio.
No hay escenario.
No hay observador.
Solo inmersión.
Y sin embargo, esa inmersión no libera. Ajusta.
El cuerpo no se mueve hacia nada.
Es sostenido.
Como si alguien hubiera decidido que la inmovilidad era una forma superior de participación.
El casco pesa.
No como objeto técnico.
Sino como una decisión tomada por otro.
Empieza ahí una incomodidad lenta, difícil de nombrar.
Porque el deseo ya no aparece como búsqueda, sino como entorno.
No voy hacia nada.
Estoy dentro de algo que ya está ocurriendo.
Y eso es lo que Sade habría reconocido de inmediato: no la perversión, sino la eliminación de la pausa.
En su mundo, todavía había relato. Todavía había una arquitectura del acto. Incluso el exceso necesitaba una secuencia.
Aquí no.
Aquí todo ocurre como si ya hubiera ocurrido antes de ser mirado.
Eso cambia algo más profundo que la moral.
Cambia la sensación de control.
A veces me sorprendo moviendo apenas el cuello.
No porque haya algo que ver.
Sino para comprobar que todavía existe un afuera.
Que la habitación sigue ahí.
Que el cuerpo no ha sido completamente absorbido por la continuidad.
El problema no es lo que se ve.
Es que no hay lugar donde dejar de ver.
Y cuanto más tiempo permanece el casco encendido, menos claro es el momento exacto en que dejé de estar afuera.
No hay piedra, no hay hierro, no hay humedad real.
Solo textura.
Superficie pura.
Continuidad de estímulo.
Lo primero que habría reconocido Sade no es el dolor, sino la organización del control.
Porque en la VR la mazmorra no contiene cuerpos: contiene percepción.
Y eso la vuelve más precisa.
Más obediente.
Más limpia.
En una mazmorra física, siempre hay un resto: el olor, el polvo, el fallo del mecanismo, la resistencia del material.
En la virtual, ese resto desaparece.
Todo funciona.
Todo responde.
Todo está diseñado para no fallar nunca.
Y ahí aparece lo inquietante.
Porque en Sade, el exceso todavía tenía fricción.
Había interrupción, cuerpo, accidente.
Aquí no.
Aquí la violencia —si es que todavía se le puede llamar así— no interrumpe nada. Solo confirma el sistema.
Es una mazmorra sin desgaste.
Sin historia.
Sin tiempo.
Solo un presente sostenido que no se agrieta.
Me imagino a Sade caminando por ella sin tocar nada, observando cómo cada elemento responde antes incluso de ser deseado.
Una puerta que se abre sin peso.
Una cadena que cae sin sonido real.
Un cuerpo que reacciona sin materia.
No habría sorpresa.
Solo una anotación fría en la mirada.
Porque lo verdaderamente sadiano no sería la escena, sino la ausencia de escape dentro de la escena.
El hecho de que todo esté tan bien construido que ya no necesite explicación.
Y quizá ahí estaría su incomodidad.
No en el sufrimiento.
Sino en la perfección del sistema que ya no necesita justificarlo.
Entonces, en algún momento, Sade dejaría de pensar en la mazmorra como lugar.
Empezaría a pensarla como interfaz.
Como un espacio donde la voluntad ya no se impone mediante fuerza, sino mediante diseño continuo.
Y tal vez lo último que notaría no sería una escena.
Sino algo mucho más simple.
La ausencia de salida como forma final de arquitectura.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería la base del cráneo es una superficie de yeso frío el olor a pared vieja invade la glotis debería…