No recuerdo exactamente cuándo empezó.
Esa es la parte que más me molesta.
Porque me gustaría poder señalar un momento concreto.
Una página.
Una frase.
Un vídeo.
Algo.
Poder decir:
«aquí».
Pero no existe ese lugar.
O si existe, llegué después.
Lo único que recuerdo es una noche cualquiera.
Estaba leyendo.
Nada extraño.
Nada especialmente intenso.
Ni siquiera era material explícito.
Era una discusión larga sobre obediencia.
Sobre control.
Sobre personas que encontraban tranquilidad entregando ciertas decisiones a otra persona.
Y pensé que era absurdo.
Recuerdo haberlo pensado de verdad.
Absurdo.
Ridículo.
Un poco inquietante.
Cerré la pestaña.
Me fui a dormir.
A la mañana siguiente la abrí otra vez.
Eso es todo.
No parece importante.
Pero sigo recordándolo.
Porque no recuerdo haber tomado esa decisión.
La pestaña estaba ahí.
Abierta.
Como si hubiera permanecido despierta durante la noche.
Esperándome.
Durante semanas ocurrió algo parecido.
Leía.
Cerraba.
Volvía.
Leía más.
Cerraba otra vez.
Volvía de nuevo.
Nunca con la sensación de estar entrando.
Siempre con la sensación de estar regresando.
Y eso era extraño.
Porque regresar implica haber estado antes.
Una tarde me descubrí buscando términos que no pensaba buscar.
Ni siquiera recuerdo haberlos escrito.
Solo recuerdo verlos ya escritos.
Como si la curiosidad hubiera llegado unos segundos antes que yo.
Eso me avergüenza un poco.
No la curiosidad.
La facilidad.
La velocidad.
Lo rápido que una parte de mí empezó a interesarse.
Lo rápido que dejó de parecer una rareza.
Hay algo incómodo en descubrir que ciertas preguntas estaban esperando permiso para existir.
Y peor todavía:
que nadie tuvo que darles permiso.
La habitación donde leo es pequeña.
Nada especial.
Una mesa.
Una silla.
Una lámpara.
Una ventana que da al edificio de enfrente.
Durante meses pensé que todo ocurría dentro de mi cabeza.
Hasta que apareció una anomalía ridícula.
Una marca en la mesa.
Pequeña.
Blanca.
Como si alguien hubiera rozado la superficie con una uña.
La vi una noche mientras leía.
La observé unos segundos.
Al día siguiente seguía ahí.
Al otro también.
Nada raro.
Las mesas tienen marcas.
Pero una semana después me di cuenta de algo.
No recordaba haberla descubierto.
Recordaba haberla conocido.
Como si la hubiera visto mucho antes.
Como si hubiera olvidado el momento exacto en que apareció.
Y esa sensación me siguió durante días.
Porque empezaba a parecerse demasiado a lo que estaba ocurriendo con todo lo demás.
No estaba encontrando nada nuevo.
Solo estaba reconociendo cosas.
Eso es peor.
Mucho peor.
Porque si descubres algo, todavía puedes alejarte.
Pero si reconoces algo…
¿qué haces con eso?
La curiosidad empezó a mezclarse con otra cosa.
No sé si era excitación.
No sé si era miedo.
Tal vez ambas.
Había momentos absurdos.
Momentos pequeños.
Leía una descripción sobre autoridad.
Sobre confianza.
Sobre entrega.
Y sentía una descarga breve.
Instantánea.
Luego cerraba el texto.
Me levantaba.
Iba a la cocina.
Abría la nevera.
Intentaba pensar en otra cosa.
Como si acabara de ser sorprendido haciendo algo vergonzoso.
Aunque estaba completamente solo.
Eso también me incomoda.
La cantidad de veces que miré alrededor para asegurarme de que nadie podía ver lo que estaba leyendo.
La habitación vacía.
La puerta cerrada.
La casa en silencio.
Y aun así esa sensación.
Como si alguien pudiera observarme desde una distancia imposible.
Como si la vergüenza no necesitara espectadores.
Hay una contradicción que nunca había entendido.
Pensaba que la atracción aparecía cuando una fantasía te convence.
No fue así.
La atracción apareció cuando dejó de convencerme.
Cuando empezó a incomodarme.
Cuando aparecieron preguntas que no sabía responder.
¿Por qué sigo leyendo?
¿Por qué vuelvo?
¿Por qué me interesa tanto una experiencia que todavía no he vivido?
No tenía respuestas.
Tengo la sospecha de que las respuestas llegaron mucho después.
Y que la curiosidad ya estaba trabajando antes.
Como una maquinaria silenciosa detrás de una pared.
Hay una regla que todavía no consigo quitarme de la cabeza.
No sé cuándo la inventé.
O cuándo la aprendí.
Quizá ambas cosas son la misma.
La regla dice:
Nada aparece por primera vez. Solo llega el momento en que lo reconoces.
Odio esa frase.
Porque explica demasiadas cosas.
Y porque cada vez que vuelvo a leer aquellos textos siento exactamente eso.
No la sensación de estar acercándome.
La sensación de haber llegado tarde.
Como si el mecanismo ya hubiera comenzado.
Como si una parte de mí hubiera empezado a caminar antes.
Antes de la excitación.
Antes de la fantasía.
Antes incluso de la decisión.
Anoche ocurrió algo estúpido.
Estaba releyendo unas notas antiguas.
Nada importante.
Subrayados.
Fragmentos.
Ideas.
Entonces encontré una frase marcada.
No recordaba haberla señalado.
Pero reconocí inmediatamente la presión que había sentido al leerla.
Eso sería normal.
Lo extraño es otra cosa.
La frase estaba en una página que juraría no haber leído nunca.
Me quedé mirando el libro durante varios minutos.
Después cerré la cubierta.
La volví a abrir.
La marca seguía ahí.
No sé qué me inquieta más.
Que hubiera olvidado haberla leído.
O que una parte de mí parezca recordarla perfectamente.
Hoy he intentado apartarme de todo esto.
He salido.
He caminado.
He hablado con gente.
He hecho cosas normales.
Pero al volver a casa he mirado la mesa.
Directamente.
Sin pensarlo.
Buscando la pequeña marca blanca.
Seguía allí.
La habitación seguía igual.
La silla seguía igual.
La lámpara seguía igual.
Lo único diferente era la sensación de que algo llevaba demasiado tiempo esperándome.
Y no estoy seguro de si esa espera ocurre en el futuro.
O en el pasado.
Hace un momento he apoyado la mano sobre la mesa.
Justo encima de la marca.
Quería comprobar algo.
No sé qué.
La superficie estaba fría.
Completamente normal.
Pero durante un segundo tuve la impresión de que mi mano había estado allí antes.
Mucho antes.
Como si estuviera repitiendo un gesto.
Como si la curiosidad no fuera una dirección.
Sino un recuerdo.
Y ahora no puedo dejar de mirar esa marca.
Porque empiezo a sospechar que nunca apareció.
Lo que apareció fue el recuerdo de haberla visto.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…