Peregrinaje al Abismo: El Turismo Dark y la Estética del Desastre

El roce de la suela de goma contra el cemento agrietado de una central nuclear abandonada produce un eco que suena a victoria. Un turista se ajusta la mochila de marca mientras busca el ángulo perfecto para que el contador Geiger aparezca en el selfie. No está allí por la historia, ni siquiera por el respeto a las víctimas. Está allí por el tremor. El router de su hotel, a pocos kilómetros de la zona de exclusión, parpadea con una luz verde que promete una subida rápida a la nube. Hemos convertido el escenario del espanto en el nuevo parque temático para adultos que ya no sienten nada con un atardecer en el Caribe.

Sade habría encontrado fascinante esta logística del morbo. Él, que exploró los límites del cuerpo en espacios cerrados, vería con asombro cómo ahora fletamos autobuses para visitar los restos de una masacre o el salón de una casa donde ocurrió algo que preferiríamos no nombrar. El horror no es una advertencia. Es un producto de consumo barato que compramos para sentir que nuestra propia vida, con sus facturas y su mediocridad, es un paraíso.

Ni siquiera sabe por qué ha pagado la entrada. Pero tiene el pase VIP.

La burocracia de la tragedia: El algoritmo del destino maldito

Resulta casi tierno observar cómo las agencias de viajes ahora ofrecen «experiencias de inmersión» en el dolor ajeno. El aire en estos lugares huele a humedad estancada y a metal oxidado. Notamos que algo se contrae en la médula colectiva cuando el guía turístico baja la voz para contar un detalle escabroso que no está en la Wikipedia. No es respeto. Es el hambre de una narrativa que nos haga parpadear con fuerza.

El sistema no vende memoria histórica. Vende el escalofrío de la proximidad al peligro desde la seguridad de un seguro de viaje.

Nada más.

Y lo consigue. Una vez que el visitante entiende que la tragedia es un decorado, el lugar pierde su capacidad de herir y gana capacidad de entretener. La mecánica de este turismo es de una precisión gélida: nos permite ser mirones profesionales de la desgracia humana sin tener que lidiar con la sangre real. Tal vez no sea una perversión. O tal vez siempre fuimos seres que necesitaban mirar el accidente en la carretera mientras pasaban de largo. No es grave. Pero tampoco es inocente.

Y el problema es este: el suelo que pisas tiene dueño

Hay una grieta en el asfalto de Pripyat, o quizás en una celda de una cárcel abandonada en Filadelfia, que nadie se molesta en tapar porque la decadencia es, precisamente, lo que se factura. Sade comprendía que el escenario es la mitad del acto; el espacio dicta el comportamiento. Nosotros hemos decidido que el mundo entero es un escenario de crimen potencial. La libertad visual quema. Literalmente cansa y nadie lo admite.

¿Quién tiene el valor de visitar un lugar sagrado sin sacar el teléfono hoy? La madurez en esta era del turismo dark consiste en aceptar que somos parásitos de la memoria ajena. Nos han convencido de que viajar a estos lugares nos hace más profundos, pero la mayoría solo regresa con un álbum de fotos de sitios donde otros dejaron de respirar. Al final, el turismo del horror no es una forma de aprendizaje, es solo una forma más sofisticada de no aburrirse con la paz del hogar.

Inventario de un viaje sin retorno

Exploramos un mapa donde las manchas de sangre (o lo que queda de ellas) son puntos de interés en Google Maps. El fetiche de la catástrofe nos ha entregado un catálogo de ruinas y memorias rotas envueltas en marketing de aventura para que la culpa parezca curiosidad intelectual. Somos sujetos que buscan en la ruina ajena una confirmación de su propia permanencia, olvidando que el tiempo también está haciendo su trabajo en nosotros.

Tal vez no sea morbo.

O tal vez siempre fue así.

Y mañana volveremos a reservar un tour por los bajos fondos o por la ciudad fantasma de turno. Miraremos las paredes desconchadas con la esperanza de sentir un fantasma, mientras el zumbido de nuestro propio vacío nos acompaña. Como si no supiéramos que, al final del día, el único lugar oscuro que realmente nos aterra visitar es el que está detrás de nuestros propios ojos cuando intentamos dormir. Al final, el turismo dark es la lencería de la muerte. Y nos encanta cómo nos queda.