La Gracia de la Inmovilidad: Mi Cuerpo Descansando en el Rigor del Cimiento

Lo peor no es pensar en el Amo.

Lo peor es que ya no sé exactamente cuándo empiezo a pensar en él.

Antes existían causas.

Ahora solo existen apariciones.

Esta mañana abrí el frigorífico para buscar leche.

Nada importante.

La luz amarilla se encendió.

Había una botella medio vacía.

Un recipiente de plástico.

Dos limones.

Y durante un instante absolutamente ridículo sentí aquella misma sensación.

La misma.

No una emoción.

No exactamente.

Algo parecido a cuando uno reconoce una canción antes de recordar cuál es.

Me quedé mirando el interior del frigorífico demasiado tiempo.

Tanto tiempo que olvidé qué estaba buscando.

Eso es lo vergonzoso.

No la obsesión.

Los pequeños huecos que deja.

Los segundos desaparecidos.

Los desajustes.

A veces ocurre con cosas todavía más absurdas.

Estoy viendo vídeos que no tienen relación con nada.

Un hombre restaurando un reloj.

Una cámara grabando lluvia sobre una ventana.

Una entrevista a alguien que jamás volveré a ver.

Y de pronto aparece.

No él.

La forma de pensar en él.

Es peor.

Porque no tiene rostro.

No tiene argumento.

No tiene razón.

Simplemente ocupa espacio.

Como humedad.

Como polvo.

Como una grieta que lentamente aprende la forma exacta de una pared.

Cuanto más intento expulsar la idea más visible se vuelve.

Como una mancha en una camisa blanca.

Al principio apenas existe.

Después resulta imposible mirar otra cosa.

Ayer me descubrí leyendo una notificación irrelevante tres veces.

Era un mensaje sobre una actualización automática.

Nada importante.

Ninguna palabra tenía relación con él.

Y aun así terminé pensando en él.

No sé explicar el trayecto.

No sé cómo ocurrió.

Solo sé que ocurrió.

Eso empieza a parecerse a una enfermedad del significado.

Todo conecta.

Todo termina apuntando hacia el mismo lugar.

La Tristeza que No Era Tristeza

Hay algo más.

Algo peor.

Algo que todavía no sé nombrar.

Antes pensaba que era tristeza.

Ahora ya no.

La tristeza tiene una forma reconocible.

La tristeza quiere algo.

Quiere compañía.

Quiere descanso.

Quiere explicación.

Esto no.

Esto es diferente.

Aparece cuando todo parece estar bien.

Cuando estoy sentado.

Cuando estoy comiendo.

Cuando alguien cuenta una historia graciosa y yo incluso me río.

Y sin embargo existe una pequeña presión detrás de todo.

Una ausencia extraña.

Como si algo estuviera ligeramente desplazado.

Un cuadro torcido en una habitación vacía.

No duele.

Pero tampoco desaparece.

Cuanto más lo observo más espacio ocupa.

Y cuanto más espacio ocupa menos capaz soy de describirlo.

Pienso que quizá echo de menos algo.

Pero no sé qué.

Pienso que quizá quiero algo.

Pero tampoco sé qué.

Entonces aparece la idea del Amo.

Y durante unos segundos todo parece encajar.

Lo cual es humillante.

Porque no quiero que encaje.

No quiero que la explicación sea esa.

No quiero que mi mente siga regresando al mismo punto como una brújula defectuosa.

Pero regresa.

Siempre regresa.

Antes de Dormir

La peor hora sigue siendo la noche.

No porque piense más.

Porque ya estoy cansado de pensar.

Me tumbo.

Miro el techo.

Intento seguir el ruido distante de algún coche.

Intento concentrarme en cualquier otra cosa.

Y durante unos segundos funciona.

Después no.

Después vuelve.

No como una imagen.

Ni siquiera como una fantasía.

Más bien como una presencia administrativa.

Como un dato que permanece abierto.

Como una tarea que nunca fue archivada correctamente.

Entonces aparece la vergüenza.

No una vergüenza dramática.

Una vergüenza pequeña.

Privada.

Silenciosa.

La vergüenza de reconocer que algo ocupa tanto espacio dentro de mí.

La vergüenza de saber que mañana volverá a ocurrir.

Mientras preparo café.

Mientras espero un semáforo.

Mientras observo a desconocidos cruzando una calle.

Mientras vivo una vida aparentemente normal.

Y precisamente por eso resulta más difícil escapar.

Porque nada parece extraño desde fuera.

Todo lo extraño ocurre por dentro.

Y por dentro el Amo permanece.

No siempre hablando.

No siempre observando.

Simplemente permaneciendo.

Y cuanto más intento entender por qué permanece.

Más permanece.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…