La Estenosis del Yo: El Cierre del Cuello como Dispositivo de Saturación y el Registro del Ahogo Mineral

No creo que lo que me inquieta sea el cuello.

Durante mucho tiempo pensé que sí.

Pensé que la fascinación estaba en la imagen, en el gesto, en la intensidad visual de algo que claramente debería haberme producido rechazo. Era fácil explicarlo así. Más cómodo. Más limpio.

Pero si soy sincero, lo que me persigue no es la imagen.

Es todo lo que ocurre antes.

Me avergüenza escribir esto porque todavía no estoy seguro de entenderlo.

Recuerdo perfectamente la primera vez que me crucé con algo relacionado. No sentí una revelación. No sentí una necesidad. Ni siquiera me gustó especialmente.

Lo que sentí fue una pregunta.

Nada más.

Una pregunta absurda que debería haber desaparecido al cabo de unos minutos.

Pero no desapareció.

Y eso fue lo raro.

Durante semanas no pensé en ello de manera constante. Volvía de vez en cuando. Como una canción desagradable que aparece de fondo cuando estás haciendo otra cosa.

Yo seguía con mi vida.

Trabajaba.

Leía.

Hablaba con gente.

Me reía.

Y de repente, sin motivo aparente, recordaba aquella imagen.

No porque quisiera.

Porque estaba ahí.

Con el tiempo dejé de preguntarme por qué volvía.

Empecé a preguntarme por qué no se iba.

Esa diferencia parece pequeña, pero para mí lo cambió todo.

Hay un momento muy concreto que nunca le he contado a nadie.

Estaba solo en casa una noche. Había terminado de leer algo relacionado con el tema y cerré la pantalla sintiéndome incómodo.

No excitado.

Incómodo.

Recuerdo perfectamente la sensación.

Miré mi reflejo en una ventana oscura y pensé:

«Esto no tiene sentido.»

No era una frase dramática.

Era una observación sincera.

Porque una parte de mí seguía convencida de que aquello no encajaba con quien creía ser.

Y otra parte estaba claramente interesada.

Las dos coexistían.

Las dos discutían.

Las dos perdían.

Con el tiempo empecé a notar algo todavía más extraño.

La curiosidad cambiaba de forma.

Al principio quería entender qué estaba viendo.

Después quería entender por qué otras personas estaban interesadas.

Después quería entender por qué yo seguía interesado.

Y en algún punto dejé de saber cuál era la pregunta original.

Eso es lo que más me asusta.

No el contenido.

No las imágenes.

No las fantasías.

La forma en que algo puede instalarse silenciosamente dentro de tu cabeza y reorganizar el espacio.

Como si moviera los muebles cuando no estás mirando.

Como si cada visita dejara algo atrás.

Un objeto.

Una marca.

Un centímetro menos de distancia.

Hay días en los que pienso que ya lo he superado.

Y entonces aparece algo insignificante.

Una frase.

Un comentario.

Una escena en una película que no tiene nada que ver.

Y noto ese reconocimiento inmediato.

Ese pequeño clic.

Ese «ah, otra vez esto».

No es placer exactamente.

No es sufrimiento exactamente.

Es familiaridad.

Y a veces la familiaridad puede ser más poderosa que cualquiera de las dos cosas.

Lo peor es que sigo sin saber qué significa.

Me gustaría poder escribir un final elegante.

Decir que entendí el origen de todo.

Que descubrí qué necesidad psicológica lo explica.

Que encontré una respuesta.

Pero no sería verdad.

Lo único que sé es que algo que comenzó como una curiosidad pequeña terminó ocupando habitaciones enteras dentro de mi cabeza.

Y todavía hay momentos en los que me descubro observando esa parte de mí con la misma extrañeza con la que la observé la primera vez.

Como si siguiera siendo un desconocido.

Como si siguiera esperando que, en cualquier momento, alguien me explicara por qué sigo mirando hacia esa puerta cerrada.

Y por qué una parte de mí sigue queriendo saber qué hay detrás.

El cuello no lo estoy moviendo…