La Geometría del Tormento: Sade y la Tensión Arquitectónica de la Carne

Hay algo que me incomoda admitir.

Nunca he pensado que el dolor tenga nada de noble.

Nunca me ha parecido una virtud.

Ni una forma de conocimiento.

Y sin embargo sigo regresando a él.

No al dolor en sí.

Sino a la pregunta que aparece cuando está presente.

Quizá eso sea lo que me obsesiona.

Porque cada vez que intento explicarlo de forma racional, fracaso.

No encuentro una teoría convincente.

No encuentro una respuesta elegante.

Solo encuentro una sensación extraña.

La sensación de que algo se vuelve más nítido cuando desaparece la posibilidad de ignorarlo.

A veces pienso en Sade.

No en sus excesos.

No en sus personajes.

Pienso en su incapacidad para abandonar una idea.

En esa necesidad de llevar una pregunta hasta el final aunque el resultado fuera incómodo.

Aunque revelara algo que habría sido más fácil no descubrir.

Y hay momentos en los que sospecho que mi propia obsesión se parece a eso.

Porque el dolor tiene una cualidad que me resulta difícil describir.

Reduce el mundo.

Lo vuelve pequeño.

Preciso.

Inmediato.

Las preocupaciones lejanas desaparecen.

Las explicaciones desaparecen.

Las máscaras desaparecen.

Y durante un instante solo queda una experiencia imposible de delegar en otra persona.

Eso debería hacerme rechazarla.

A veces lo hace.

Hay momentos en los que me enfada profundamente.

Momentos en los que me pregunto por qué sigo pensando en algo que no encaja con la imagen que tengo de mí mismo.

Pero entonces aparece la contradicción.

Porque junto al rechazo aparece también la fascinación.

No una fascinación heroica.

Ni romántica.

Más bien la sensación de estar observando algo importante sin comprenderlo todavía.

Como si hubiera una respuesta escondida detrás de la experiencia.

Algo que sigue fuera de alcance.

Y precisamente por eso continúo regresando.

No porque disfrute del dolor.

No porque quiera sufrir.

Sino porque todavía no entiendo por qué una parte de mí sigue mirando en esa dirección.

Y porque cuanto más intento apartar la vista, más difícil resulta fingir que la pregunta ha desaparecido.

Quizá esa sea la verdadera obsesión.

No el dolor.

La necesidad de comprender por qué sigue teniendo un lugar dentro de mí.

El cuello se ha bloqueado debería…