La Alquimia del Espanto: Sade y la Anatomía de la Humedad como Registro Químico del Tejido en Alerta

La escritura.
No el acto.
La exposición.

La miro como si fuera un laboratorio que no debería visitar tan seguido.
Marqués de Sade aparece ahí otra vez.
No como figura histórica.
Más bien como un mecanismo mental que no sé si estoy usando o si me está usando a mí.

Me incomoda cómo lo leo.
No por lo que dice.
Sino por el ritmo con el que me quedo dentro.

Como si algo en mí buscara la repetición.
La estructura.
La idea de sistema.

Y eso no encaja con lo que digo de mí mismo.

Hay un momento extraño cuando cierro el texto.
No es alivio.
Es suspensión.
Como si algo siguiera funcionando sin mí.

No lo cuento.
Pero lo noto.

Me descubro volviendo a ciertas frases.
No por interés académico.
Eso sería más limpio.
Más aceptable.

Es otra cosa.
Más lenta.
Más incómoda.

Una especie de atención que se queda pegada.

Y lo peor es esto:
cuanto más intento pensar que es solo teoría,
más evidente se vuelve que no lo estoy leyendo desde fuera.

Estoy dentro del lenguaje.
Sin haber decidido entrar.

Me da vergüenza admitirlo así.
Porque suena exagerado.
Pero no lo es en el cuerpo.

Es más sutil.
Más físico incluso.
Como una forma de quietud mental que no he elegido.

Y después viene el silencio.

Ese silencio después de cerrar todo.
Cuando no hago nada.
No porque quiera.
Sino porque ya no hay transición clara.

Y en ese punto me observo de forma extraña.
Como si hubiera una versión de mí que sigue leyendo incluso cuando el texto ya no está.

No sé si eso es normal.
No sé si debería preocuparme.
Solo sé que ocurre.

Y lo guardo aquí porque no lo diría igual en voz alta.

La humedad no aparece como exceso.
Aparece como evidencia.

No como algo que ocurre en la piel, sino como algo que la piel empieza a registrar sin permiso previo.

El cuerpo no la interpreta.
La incorpora.

Un leve cambio en la temperatura del aire.
Una densidad distinta en el borde del cuello.
La superficie de la piel dejando de ser superficie.

No hay evento.
Solo persistencia.


La habitación de cal no conserva cuerpos.
Conserva estados.

El yeso en suspensión no cae.
Se queda en el límite de caer.

Como si el aire hubiera aprendido a no terminar sus propios movimientos.

Hay grietas en el muro, finas, irregulares, sin intención aparente.

No parecen daños.
Parecen decisiones antiguas.


La humedad no comunica.
Insiste.

Se acumula en lugares donde la atención no llega del todo.

Debajo de la mandíbula.
En la parte posterior de las manos.
En la línea donde la respiración deja de ser visible.

El cuerpo empieza a notar lo que antes ignoraba.

No porque haya cambiado.
Sino porque ahora se escucha de otra forma.


No hay sistema.

No hay registro.

Solo una secuencia de pequeñas variaciones que no llegan a ser lenguaje.

El problema no es lo que ocurre.
Es lo que permanece unos segundos más de lo necesario.


El aire huele a cal húmeda.

No a piedra.
No a polvo.

A algo que todavía no ha terminado de decidir qué es.


Tengo que mover el cuello.
No lo muevo.

No es una orden.

Es una frase que llega tarde.

La base del cráneo se vuelve un punto de atención innecesaria.

El resto sigue.


Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería la base del cráneo es una superficie de alabastro poroso el sabor a cal invade la glotis la inercia pulsátil del poro se detiene el registro llega al cero absoluto debería…