No recuerdo qué estaba buscando exactamente.
Esa es una de las cosas que más me incomodan.
Porque me gustaría poder señalar un momento concreto.
Una imagen.
Una frase.
Una explicación.
Algo.
Pero cuanto más intento encontrar el origen, más se mueve.
Al principio solo leía.
Eso es lo que me repetía.
Leía artículos.
Foros.
Experiencias de otras personas.
Nada más.
La curiosidad parecía inocente.
Incluso intelectual.
Me interesaban las dinámicas.
La psicología.
Las razones.
No me interesaba participar.
Eso pensaba.
Lo extraño fue empezar a volver.
No porque hubiera encontrado algo nuevo.
Sino para comprobar algo.
Todavía no sé qué.
Cerraba una página.
Volvía una hora después.
La abría otra vez.
No para leerla.
Para verla.
Como si necesitara confirmar que seguía ahí.
La pantalla iluminaba el polvo suspendido sobre el escritorio.
Solo eso.
Polvo.
La taza de café estaba fría.
La misma taza.
La misma página.
La misma sensación.
Y ahí apareció la primera grieta.
No me interesaba solamente lo que estaba leyendo.
Me interesaba cómo me hacía sentir.
Eso fue más difícil de admitir.
Mucho más.
Porque ya no era una cuestión de información.
Era una cuestión de estructura.
Esperar.
Recibir.
No decidir.
Descubrí que algunas historias me interesaban menos por lo que ocurría que por la forma en que alguien entregaba una parte de sus decisiones a otra persona.
Es extraño escribirlo.
Todavía me cuesta.
Porque no encaja con la imagen que tenía de mí mismo.
Siempre me consideré independiente.
Demasiado independiente, incluso.
Y sin embargo seguía regresando a los mismos textos.
No buscaba escenas.
No buscaba prácticas.
Buscaba algo más difícil de nombrar.
La sensación de descansar.
La posibilidad de no tener que sostenerlo todo.
La idea me avergonzó más de lo que debería.
Recuerdo cerrar el portátil de golpe.
Como si alguien hubiera entrado en la habitación.
Como si me hubieran descubierto.
Pero estaba solo.
Completamente solo.
Eso era lo peor.
No tenía que ocultárselo a nadie.
Solo a mí.
Durante unos días dejé de leer.
O eso intenté.
La primera noche fue fácil.
La segunda también.
La tercera me sorprendí pensando en ello mientras lavaba un vaso.
No en una escena.
No en una persona.
En una sensación.
La sensación de recibir una dirección clara.
De no tener que negociar cada paso.
De no ser responsable de todo.
El vaso seguía en mi mano.
El agua seguía corriendo.
Y me quedé quieto.
Solo unos segundos.
No sé por qué recuerdo ese momento.
Pero lo recuerdo.
Porque ahí apareció una pregunta distinta.
Ya no era:
«¿Por qué me interesa esto?»
Era:
«¿Por qué sigo volviendo?»
La diferencia parece pequeña.
No lo es.
La primera pregunta trata sobre un tema.
La segunda trata sobre mí.
Y desde entonces las cosas cambiaron.
Empecé a observar mis regresos.
Las pestañas abiertas.
El historial.
Los momentos del día en que volvía a buscar.
Como si estuviera investigando a otra persona.
Como si alguien hubiera desarrollado una costumbre usando mis propias manos.
A veces me decía que era simple curiosidad.
Y quizá era verdad.
Pero la curiosidad suele desaparecer cuando encuentra respuestas.
La mía parecía alimentarse de ellas.
Cada explicación generaba otra comprobación.
Cada comprobación generaba otra visita.
Cada visita parecía llegar unos minutos antes de que yo decidiera hacerla.
Eso también me avergüenza.
Porque no sé cuándo dejó de ser una búsqueda.
Y empezó a parecerse a una espera.
La habitación estaba en silencio.
La pantalla encendida.
Un poco de polvo flotando frente a la luz.
Nada más.
Y aun así tenía la sensación de que algo ya había comenzado.
No una práctica.
No una relación.
Ni siquiera una decisión.
Algo más pequeño.
Y por eso más difícil de encontrar.
Quizá todo empezó la primera vez que sentí alivio al imaginar que alguien decidía por mí durante un momento.
O quizá empezó antes.
Quizá sigo buscando ese instante porque llegué tarde.
Como siempre.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
Lo extraño es que la idea de moverlo parece haber llegado después.
El cuello no lo estoy moviendo…