El sistema nervioso en la literatura del Marqués de Sade no es una red biológica de transmisión sensorial, sino la infraestructura central de una administración del impacto; un circuito donde la experiencia deja de ser percibida y pasa a ser procesada como orden en estado puro. No siente: ejecuta la sensación como si ya hubiera sido decidida antes de llegar al cuerpo.
En Sade, el sistema nervioso no responde al mundo: lo anticipa como si el estímulo ya estuviera inscrito en él antes de ocurrir. La señal no viaja desde el exterior hacia el interior, sino que parece emerger desde una lógica previa que el cuerpo simplemente confirma. Por eso no existe sorpresa, solo reconocimiento tardío de algo que ya estaba operando.
Cada sinapsis se convierte en un punto de recalibración forzada. No hay interrupción real del flujo, solo variaciones mínimas dentro de un sistema que nunca deja de transmitirse a sí mismo. El dolor, el placer o la tensión dejan de ser opuestos: se convierten en modulaciones de una misma corriente que no admite exterior.
Y en ese sentido, el sistema nervioso sadiano no es un órgano de conciencia, sino una arquitectura de continuidad absoluta. Un cableado interno donde incluso el fallo no rompe el sistema, sino que lo reescribe con mayor precisión.
La mano ya estaba abierta antes de que yo decidiera abrirla.
No sé cuándo ocurrió.
Solo sé que ya estaba ahí.
La miro.
Cinco dedos extendidos sobre la mesa.
La cierro.
Se abre otra vez.
No la abrí.
La mano ya lo había hecho.
Vuelvo a mirar el gesto como si fuera la primera vez.
Pero hay una ligera diferencia.
Un ángulo mínimo.
Un retraso que no recuerdo haber sentido.
Reviso la posición del pulgar.
Demasiado lejos.
Como si siempre hubiera estado ahí.
Como si yo lo hubiera olvidado antes de verlo.
No debería estar así.
La corrijo.
La mano vuelve.
No a su estado anterior.
A uno ligeramente peor.
Más expuesto.
Menos mío.
No sé por qué vuelvo a mirarla.
No es curiosidad.
Es comprobación.
Necesito ver si sigue afectándome.
Si todavía responde.
Si todavía es mía en algún sentido.
La piel del dorso tiene una tensión distinta.
No sé si cambió.
O si siempre estuvo así y ahora lo noto.
Abro la mano otra vez.
Cinco dedos.
Otra vez.
Pero ahora uno tiembla.
No antes.
Ahora.
O quizá siempre.
Miro el historial.
No lo abrí.
Pero está ahí.
Tres veces.
Luego cinco.
Luego ocho.
No recuerdo haberlo repetido.
Solo el resultado.
La repetición no me pertenece.
La observación sí.
O eso creo.
Hay una nota escrita en el margen de la mesa.
“Mano abierta.”
No sé si la escribí yo.
Pero reconozco mi letra.
O algo que se le parece demasiado.
Vuelvo a abrir la mano.
Esta vez no porque quiera.
Porque ya está ocurriendo antes de que lo piense.
Y entonces entiendo algo que no debería ser posible.
No estoy comprobando la mano.
Estoy comprobando si todavía puedo dejar de comprobarla.
Y no puedo.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…