Para mí, el problema nunca ha sido el dolor.
Tampoco la inmovilidad.
Ni siquiera el cuello.
Eso sería demasiado sencillo.
El problema es que sigo pensando en él.
No en el Amo.
No exactamente.
Pienso en el instante anterior.
En el momento preciso en que todavía podría haber movido la cabeza y no lo hice.
Llevo horas regresando a ese punto.
Tal vez días.
El recuerdo cambia cada vez que vuelvo.
A veces creo que decidí permanecer inmóvil.
Otras veces estoy seguro de que la decisión ya había sido tomada por algo que no consigo nombrar.
Hay una marca en la pared frente a mí.
Una rozadura mínima.
La vi hace mucho tiempo.
Ahora no puedo dejar de mirarla.
No significa nada.
No parece una señal.
Ni siquiera tiene una forma interesante.
Y sin embargo vuelvo a ella una y otra vez.
La observo.
Aparto la vista.
Regreso.
Sigue allí.
Empiezo a sospechar que la rozadura me está observando a mí.
Es absurdo.
Lo sé.
Pero también sé que llevo varios minutos pensando exactamente la misma cosa.
El laboratorio está en silencio.
Demasiado silencio.
No un silencio solemne.
Un silencio doméstico.
El tipo de silencio que existe en una casa cuando alguien acaba de salir de una habitación y todavía parece quedar algo de su presencia suspendido en el aire.
Escucho el ventilador.
Luego dejo de escucharlo.
Luego vuelvo a escucharlo.
No sé si ha cambiado de velocidad.
No sé si soy yo quien cambia.
Intento concentrarme en otra cosa.
En cualquier cosa.
En la respiración.
En el suelo.
En la temperatura de mis manos.
Pero siempre termino regresando al mismo lugar.
Al mismo instante.
Al mismo pensamiento.
Tengo que mover el cuello.
No para escapar.
No para demostrar nada.
Solo para comprobar que todavía puedo.
Y cuanto más lo pienso, menos seguro estoy de querer averiguarlo.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…