Al principio parecía una casualidad.
Un artículo.
Un vídeo.
Un comentario perdido entre cientos de comentarios.
Nada importante.
Nada que pareciera capaz de alterar el curso de una vida.
Si alguien me hubiera preguntado entonces qué estaba buscando, no habría sabido responder.
Porque no estaba buscando nada.
Solo leyendo.
Solo mirando.
Solo sintiendo esa curiosidad extraña que aparece cuando uno encuentra algo que no encaja con la imagen que tiene de sí mismo.
Quizá por eso seguí.
Porque no tenía sentido.
Y precisamente por eso resultaba difícil apartar la mirada.
Leía sobre dominación.
Leía sobre sumisión.
Leía sobre dinámicas que parecían pertenecer a otra clase de personas.
Personas más extrañas.
Más extremas.
Más alejadas de mí.
Y sin embargo seguía leyendo.
Una página más.
Un artículo más.
Un vídeo más.
Una explicación más.
Siempre con la sensación de que después de la siguiente lectura perdería el interés.
Pero el interés nunca desaparecía.
Solo cambiaba de forma.
La curiosidad empezaba a parecerse a otra cosa.
Algo ligeramente más cálido.
Algo ligeramente más inquietante.
Y ahí apareció la primera contradicción.
Porque cuanto más curioso me sentía…
más excitado me sentía.
Y cuanto más excitado me sentía…
más vergüenza aparecía.
No era una vergüenza racional.
Nadie lo sabía.
Nadie estaba observando.
Nadie podía juzgarme.
Pero aun así aparecía.
Como si una parte de mí estuviera observando desde lejos y diciendo:
¿Por qué sigues leyendo esto?
¿Por qué vuelves otra vez?
¿Por qué te interesa tanto?
No tenía respuestas.
Solo tenía la evidencia.
Volvía.
Siempre volvía.
Lo extraño es que la excitación no aparecía donde esperaba.
No aparecía en las fantasías.
Ni en las imágenes.
Ni siquiera en las descripciones.
Aparecía en algo más abstracto.
La estructura.
La lógica.
La existencia de un mundo entero que había permanecido invisible hasta ese momento.
Un mundo con reglas propias.
Lenguaje propio.
Rituales propios.
Y cada vez que descubría una nueva capa sentía la misma descarga de curiosidad.
Como quien encuentra una puerta escondida detrás de otra puerta.
Durante semanas me convencí de que aquello era simple interés intelectual.
Investigación.
Aprendizaje.
Nada más.
Pero había un detalle que empezaba a resultar difícil ignorar.
Pensaba en ello cuando no estaba leyendo.
Ahí apareció la primera fisura.
Pequeña.
Casi invisible.
Pero imposible de olvidar.
Porque una cosa es investigar algo.
Y otra muy distinta descubrir que algo sigue pensando en ti cuando has cerrado la pantalla.
Recuerdo una tarde especialmente absurda.
Estaba haciendo algo completamente normal.
Una tarea rutinaria.
Y de pronto apareció una pregunta.
Una pregunta que parecía surgir de ninguna parte.
¿Cómo se siente realmente?
No como fantasía.
No como teoría.
No como texto.
¿Cómo se siente de verdad?
La pregunta permaneció durante horas.
Luego durante días.
Y cuando desapareció fue sustituida por otra.
Y luego por otra.
Y luego por otra.
Sin darme cuenta, la curiosidad había dejado de ser una actividad.
Empezaba a convertirse en un lugar.
Un lugar mental al que regresaba constantemente.
No porque quisiera.
Sino porque algo dentro de mí seguía encontrándolo interesante.
Seguía encontrándolo vivo.
Seguía encontrándolo imposible de resolver.
Todavía no existía obsesión.
Todavía no existía dependencia.
Todavía no existía espera.
Solo existía una sensación nueva.
La sospecha de que había encontrado una puerta.
Y la creciente imposibilidad de dejar de preguntarme qué había al otro lado.
La presión arterial fue una de las primeras cosas que empecé a notar cuando leía al Marqués de Sade.
No era una cuestión de violencia. Tampoco de deseo en el sentido simple de la palabra.
Era algo más difícil de admitir.
Leía unas pocas páginas y sentía un pulso extraño en el cuello. Cerraba el libro. Me levantaba. Intentaba pensar en otra cosa. Pero la sensación permanecía allí, como si una parte de mí hubiera recibido una pregunta que no sabía responder.
Eso es lo que me avergonzaba.
Yo no quería parecerme a las personas que habitaban aquellos textos. No quería reconocerme en ellas. Sin embargo, cada vez que volvía a leer, algo dentro de mí se inclinaba un poco más hacia esa oscuridad intelectual que Sade parecía describir con una tranquilidad insoportable.
La habitación seguía siendo la misma.
La misma mesa.
La misma lámpara.
El mismo polvo suspendido flotando bajo la luz.
Pero algo había cambiado.
No afuera.
Dentro.
Mi corazón parecía registrar aquellas lecturas antes que mi propia conciencia. Como si entendiera algo que yo todavía me negaba a comprender.
Recuerdo mirar una pequeña grieta junto a la ventana. No era una grieta importante. Apenas una línea fina en la pintura envejecida. Sin embargo, terminé observándola durante varios minutos.
Porque se parecía a lo que estaba ocurriendo.
No era una ruptura.
Era una apertura.
Una fisura mínima.
Suficiente para que una idea comenzara a entrar.
Sade hablaba de poder. De obediencia. De voluntad. Pero cuanto más leía, menos me interesaban las palabras y más me inquietaba mi propia reacción ante ellas.
¿Por qué seguía leyendo?
¿Por qué quería saber más?
¿Por qué aquella curiosidad producía una mezcla tan incómoda de excitación y vergüenza?
Todavía no tenía respuestas.
Ni siquiera había vivido nada.
No existían sesiones.
No existían prácticas.
Solo libros.
Solo textos.
Solo noches demasiado largas.
Y aun así, mi pulso parecía conocer un camino que mi mente todavía consideraba prohibido.
A veces apoyaba los dedos sobre el cuello para comprobarlo.
Nada extraordinario.
Solo el latido.
Constante.
Paciente.
Esperando.
Como si una parte de mí hubiera llegado antes que el resto.
El polvo seguía suspendido en el aire.
La grieta seguía junto a la ventana.
Y yo seguía leyendo.
No porque estuviera convencido.
Quizá precisamente porque no lo estaba.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería la base del cráneo es una superficie de alabastro poroso el sabor a cal invade la glotis la inercia pulsátil de la arteria se detiene el registro llega al cero absoluto debería…