La mayoría de la gente le tiene pánico a la nada, por eso la llenan con cortinas de Ikea, seguros de vida y un flujo constante de notificaciones que no importan a nadie. Donatien Alphonse François de Sade, sin embargo, veía en el vacío una oportunidad de negocio espiritual. El nihilismo activo no es sentarse a llorar porque Dios ha muerto; es coger el cadáver, diseccionarlo y usar los huesos para construir una estructura donde el placer no tenga que pedir permiso a la moral. Es destruir el inventario heredado para escribir uno nuevo sobre una piel que todavía no sabe lo que es el miedo.
Me pica un poco el lóbulo de la oreja izquierda, una distracción minúscula que me hace perder el hilo de esta trascendencia. ¿De verdad estoy intentando explicar el abismo mientras me preocupo por una irritación cutánea? No lo sé. Quizá la verdad sea precisamente esa interferencia.
El aire en esta habitación tiene un peso extraño, huele a papel recalentado por la impresora y a ese rastro de humedad que sube por los muros cuando la ciudad decide que ya ha llovido bastante. Siento el aire un poco espeso en los pulmones. Es la atmósfera de quien sabe que la civilización es solo un acuerdo para no gritarnos demasiado fuerte por la mañana.
La ingeniería de la demolición: Sade y el lienzo en blanco
Nos han educado para conservar, para acumular «momentos» como si fueran cupones de descuento para una eternidad que no existe. La salud mental se ha vuelto una especie de decoración moderna; ponemos frases de autoayuda en la pantalla del móvil para no ver que la estructura de lo que llamamos «yo» tiene más grietas que un edificio en ruinas. Sade, en cambio, prefería el martillo. Él sabía que solo cuando has dinamitado todas las nociones de «bien» y «mal» puedes empezar a sentir la temperatura real de un deseo.
A veces, la verdad no es elegante. Es sucia. Como el suelo de un bar a las cinco de la mañana.
Me pregunto si tú, al otro lado de la pantalla, también sientes ese pequeño nudo en el estómago cuando te das cuenta de que podrías borrar toda tu vida digital y no pasaría absolutamente nada. O quizá solo tienes hambre. La línea es muy delgada entre la crisis existencial y la necesidad de un carbohidrato.
El nuevo inventario: Del espasmo a la soberanía
Sade entendió que el ser humano es un depredador que ha aprendido a usar cubiertos de plata para no asustarse de sí mismo. Su nihilismo activo consiste en recuperar los cubiertos y convertirlos en armas de exploración sensorial. Si nada es sagrado, todo es posible. Si la vida no tiene un sentido intrínseco, tenemos el derecho —casi la obligación decorativa— de inventar uno que sea, al menos, divertido.
Mi silla hace un ruido extraño cada vez que me muevo. Un crujido seco. Es irritante. Me distrae de la idea de la soberanía absoluta que intentaba explicarte, recordándome que mi voluntad depende de un tornillo mal ajustado.
¿Por qué nos asusta tanto la idea de destruir? Quizá porque nos obliga a admitir que nuestra identidad es solo una colección de muebles viejos que nos han prestado. El orden es solo el miedo que tenemos a que el vecino descubra que nosotros también estamos vacíos por dentro. Sade nos invita a habitar ese vacío, a convertirlo en un laboratorio donde el único límite sea la resistencia del material humano.
La transparencia del abismo
Hay algo de alivio en saber que, por mucho que lo intenten, no pueden mapear cada rincón de nuestra sombra con un algoritmo de Instagram. Sade murió pidiendo que su nombre desapareciera, que el bosque se tragara su rastro. Quería la opacidad total porque sabía que solo en la sombra uno es realmente el dueño del incendio.
Hoy, que todo es «compartir» y «ser transparente», esa urgencia de Sade por destruir el rastro parece el acto más subversivo del mundo. El nihilismo activo no es odio; es una limpieza necesaria para que el sistema nervioso pueda empezar a registrar frecuencias que la moralidad siempre ha filtrado.
He dejado de escribir un momento para mirar por la ventana. No hay nada interesante, solo un gato gris cruzando un muro de ladrillos. Ese gato no sabe qué es el nihilismo, pero vive en él con una elegancia que nosotros solo podemos soñar. A veces envidio al gato por su falta de necesidad de dar un sentido a sus impulsos.