El Atrezzo del Nervio: La Anatomía de la Piedra en el Eje Cervical

Hubo un tiempo en que nunca habría pensado en el cuello.

No de esta manera.

Era solo una articulación.

Un punto de unión.

Algo tan cotidiano que resultaba invisible.

Ahora no consigo dejar de observarlo.

No entiendo cuándo ocurrió el cambio.

Ni por qué.

Solo sé que apareció lentamente.

Como aparecen ciertas ideas que regresan una noche.

Y luego otra.

Y otra más.

Hasta que terminan instalándose en algún lugar permanente.

Al principio era una observación.

Nada más.

La idea de permanecer inmóvil.

La idea de no girar la cabeza.

La idea de aceptar durante unos instantes la existencia de un único punto de atención.

Parecía insignificante.

Pero seguía regresando.

Descubrí que imaginaba el momento.

No la orden.

No el control.

Sino la quietud.

La absoluta ausencia de movimiento.

La sensación de permanecer exactamente donde estaba.

Sin corregir la postura.

Sin buscar otra perspectiva.

Sin escapar hacia otro lugar con la mirada.

Algo en esa imagen comenzó a atraerme.

No sé por qué.

Todavía no lo sé.

Porque no se parece al deseo que conozco.

No se parece a la ambición.

No se parece a la curiosidad.

Es más silencioso.

Más persistente.

Como una piedra depositándose lentamente en el fondo de un lago.

Con el paso del tiempo empecé a notar detalles.

Pequeños detalles.

La presión de la mandíbula.

El peso de la cabeza.

La tensión mínima de los músculos que normalmente pasan desapercibidos.

La forma en que una respiración modifica el equilibrio.

La manera en que unos pocos centímetros pueden parecer una distancia inmensa cuando uno decide no recorrerlos.

Entonces comprendí algo.

La inmovilidad no era una ausencia.

Era una presencia.

Una forma distinta de atención.

Una arquitectura construida a partir de la renuncia a los movimientos innecesarios.

Y cuanto más lo imaginaba, más sólido se volvía el escenario.

Más real.

Más habitable.

La mente comenzaba a regresar allí por sí sola.

Como quien vuelve a una habitación familiar.

Como quien recorre siempre el mismo pasillo sin recordar cuándo aprendió el camino.

La fascinación no apareció de golpe.

Nunca lo hace.

Llegó en capas.

Sedimento sobre sedimento.

Una repetición casi imperceptible.

La misma imagen.

La misma quietud.

La misma sensación de permanencia.

Hasta que un día descubrí algo desconcertante.

La calma que encontraba allí.

No una calma heroica.

No una paz perfecta.

Solo una reducción del ruido.

Como si durante unos instantes la maquinaria habitual de la mente decidiera descansar.

Y quizá eso es lo que sigue regresando.

No la inmovilidad en sí.

No la postura.

No la estructura.

Sino el silencio que existe alrededor de ella.

Ese lugar donde ya no es necesario perseguir el siguiente pensamiento.

Donde el mundo se vuelve más pequeño.

Más simple.

Más nítido.

Y donde una parte de mí, por razones que todavía no comprendo del todo, parece querer permanecer un poco más.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…