No fue un sonido claro.
Eso es lo primero que debería haber notado.
Pero lo escuché dos veces.
O eso creo.
El susurro.
No venía de alguien.
Venía de antes de alguien.
Me quedé quieto sin decidirlo.
Después lo negué.
Luego volví.
No al lugar.
A la frase.
A la sensación de haberla oído ya.
Eso es lo que me da vergüenza.
No el contenido.
La repetición.
El impulso de volver a comprobarlo.
Como si algo hubiera cambiado mientras no miraba.
En la habitación no había movimiento.
Solo aire.
Polvo suspendido cerca de la bombilla.
Demasiado visible.
Demasiado quieto para ignorarlo.
Me descubrí escuchando el silencio como si fuera una instrucción.
No había nadie hablando.
Pero esperaba que apareciera otra vez.
El susurro.
O la idea del susurro.
No sé cuál de las dos cosas es peor.
He empezado a notar algo más.
Cuando cierro un archivo.
Lo vuelvo a abrir sin recordar por qué.
Cuando dejo de leer.
Vuelvo a la misma línea.
No para entender.
Para confirmar.
Como si la primera lectura no hubiera ocurrido del todo.
Ayer me pasó con una grabación.
Un audio corto.
Casi inaudible.
Lo escuché una vez.
Luego otra.
Luego otra más.
No había nada nuevo.
Pero cada repetición parecía cambiar el peso de lo anterior.
Como si el sonido no estuviera en el archivo.
Sino en el regreso.
Empiezo a pensar que no escucho cosas.
Empiezo a pensar que vuelvo a ellas.
Eso no es exactamente lo mismo.
Y no sé cuál de las dos opciones me inquieta más.
Porque el regreso no se siente como decisión.
Se siente como corrección.
Como si hubiera cometido un error al no volver antes.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
Y esta vez no parece una frase.
Parece una verificación.
Como si el cuerpo estuviera comprobando algo que yo aún no he entendido.
Tengo que mover el cuello…