No recuerdo la primera vez que me detuve frente a una imagen de una jaula.
Intento recordarlo.
Y eso es precisamente lo que me preocupa.
Porque no encuentro el principio.
Solo encuentro regresos.
La veo.
La cierro.
Sigo con otra cosa.
Y, sin embargo, unos minutos después ya estoy volviendo.
Como si hubiese olvidado comprobar algo.
En la literatura del Marqués de Sade, la jaula rara vez funciona únicamente como un espacio de encierro. Su verdadera función parece más extraña. Convierte el límite en un objeto de observación constante. El sujeto deja de preguntarse qué hay dentro. Empieza a preguntarse dónde está exactamente el borde.
Y esa pregunta no se queda en la jaula.
Se desplaza.
Al cuerpo.
A la atención.
A la costumbre de volver.
Lo inquietante no es la puerta cerrada.
Es comprobar una y otra vez que sigue cerrada.
Como si cada verificación tuviera que confirmar algo más que el simple hecho material.
Algo que nunca termina de aclararse.
A veces pienso que la jaula no captura a quien está dentro.
Captura el recorrido de la mirada.
La obliga a regresar siempre al mismo lugar.
A revisar los mismos barrotes.
A medir la misma distancia.
A repetir la misma pregunta.
Y cada repetición parece idéntica.
Hasta que deja de serlo.
Un reflejo distinto.
Un detalle que no recuerdo.
Polvo acumulado en una esquina.
Una sombra que parece estar donde antes no estaba.
Nada importante.
Nada que explique nada.
Pero suficiente para volver.
Y entonces aparece otra duda.
No si la jaula está cerrada.
Sino cuándo empecé a utilizarla para comprobar algo sobre mí.
La imagen sigue abierta.
O eso creo.
No voy a comprobarlo.
Al menos eso me digo.
Pero la mano ya está cerca del ratón.
Y lo más extraño no es eso.
Lo más extraño es que siento que ya había vuelto antes de pensarlo.
No era la jaula.
Eso pensé al principio.
Que era el objeto.
El metal.
El plástico transparente.
Los mecanismos.
La ingeniería.
Algo extraño, nada más.
Algo que aparecía en la pantalla durante unos minutos y desaparecía cuando cerraba la pestaña.
Pero no desaparecía.
Esa era la parte incómoda.
La pestaña se cerraba.
La imagen no.
Volvía mientras preparaba café.
Volvía mientras trabajaba.
Volvía cuando intentaba concentrarme en cualquier otra cosa.
No entendía por qué.
Y precisamente por eso seguía leyendo.
La taza estaba sobre la mesa.
Fría.
No recordaba cuándo había dejado de beber.
Tenía abiertos varios artículos.
Algunos hablaban de control.
Otros de confianza.
Otros parecían escritos por personas que describían algo mucho más profundo y mucho más difícil de explicar.
Leía uno.
Después otro.
Después otro.
Como si en algún momento fuera a encontrar la frase exacta que explicara por qué seguía allí.
Nunca aparecía.
Y aun así seguía buscando.
No era excitación.
O eso me decía.
Era curiosidad.
Quería entender.
Nada más.
Pero la curiosidad tenía una costumbre extraña.
Cada vez que intentaba satisfacerla, crecía.
Cada vídeo llevaba a otro.
Cada artículo abría tres preguntas nuevas.
Cada respuesta parecía ampliar el territorio en lugar de reducirlo.
Empecé a notar algo inquietante.
La sensación aparecía antes de abrir la página.
Como si una parte de mí ya supiera que iba a volver.
¿Era realmente curiosidad?
No estaba seguro.
Porque la curiosidad suele desaparecer cuando encuentra respuestas.
La mía parecía alimentarse de ellas.
Miré la hora.
Habían pasado más de dos horas.
No me había dado cuenta.
La habitación estaba silenciosa.
La misma luz.
La misma mesa.
El mismo café olvidado.
Y sin embargo algo había cambiado.
No afuera.
Dentro.
Pensé que me interesaba el objeto.
Después pensé que me interesaba la idea.
Después pensé que me interesaba la reacción que provocaba.
Ahora ya no estaba seguro de ninguna de las tres cosas.
Lo extraño era la insistencia.
La repetición.
La necesidad de volver una vez más.
Solo un vídeo más.
Solo un artículo más.
Solo cinco minutos más.
Siempre cinco minutos más.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
La idea aparece.
El movimiento no.
Me doy cuenta de que llevo varios minutos exactamente igual.
Mirando.
Leyendo.
Volviendo.
Empiezo a sospechar que la pregunta nunca fue qué significa ese objeto.
La pregunta es por qué sigo regresando a él.
Y esa posibilidad resulta más inquietante que cualquier respuesta.
Porque quizá no estoy intentando comprender algo.
Quizá estoy intentando comprenderme a mí mismo.
Y quizá por eso sigo aquí.
Con la pantalla iluminando la habitación.
Con el café ya frío.
Con una curiosidad que debería estar desapareciendo.
Y que, sin embargo, parece ocupar cada vez más espacio.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…