Había un tema al que siempre terminaba regresando.
Los azotes.
Todavía me cuesta escribir esa palabra.
Porque cada vez que la escribo siento la necesidad inmediata de justificarla.
No me gustaban.
O, al menos, eso era lo que seguía diciéndome.
Nunca imaginaba la escena completa.
Nunca pensaba en recibirlos.
De hecho, cuando intentaba imaginarme ahí, algo dentro de mí rechazaba la idea casi de inmediato.
Y, sin embargo, volvía.
Eso era lo que no entendía.
No buscaba convencerme.
No buscaba cambiar de opinión.
Solo quería leer un poco más.
Un artículo más.
Una conversación más.
Un testimonio más.
Siempre había un motivo razonable para volver.
Lo extraño era que esos motivos cambiaban constantemente.
Al principio era curiosidad.
Después era documentación.
Más tarde me decía que quería entender por qué otras personas encontraban belleza donde yo solo veía contradicción.
Pero ninguna explicación duraba demasiado.
Había días en los que cerraba el navegador con una sensación casi física de rechazo.
Pensaba que por fin había terminado con ese tema.
Al día siguiente me descubría buscando exactamente las mismas palabras.
Eso me avergüenza más de lo que debería.
No porque me excitara.
Sino porque la excitación ya no era el centro.
La contradicción había empezado a ocupar mucho más espacio.
Empecé preguntándome por qué aquello podía resultar excitante.
Después empecé a preguntarme por qué necesitaba seguir haciéndome esa pregunta.
Creo que ahí cambió todo.
Ya no volvía para encontrar una respuesta.
Volvía para comprobar si la pregunta seguía siendo la misma.
Y nunca lo era.
Cada vez que regresaba había cambiado unos centímetros.
Lo suficiente para obligarme a seguir.
No recuerdo el primer artículo.
Eso es lo que más me incomoda.
Recuerdo uno de los últimos.
Recuerdo frases enteras.
Recuerdo imágenes.
Recuerdo incluso la ventana del navegador.
Pero no recuerdo cuándo dejó de ser una curiosidad.
Durante mucho tiempo pensé que solo estaba leyendo.
Eso era todo.
Leer.
Cerrar la página.
Seguir con el día.
Funcionó durante unas semanas.
Después empecé a volver.
No porque hubiera encontrado respuestas.
Porque sentía que todavía faltaba algo.
No sabía decir qué.
Eso me da vergüenza escribirlo.
Porque suena ridículo.
¿Cómo puede quedarse alguien atrapado en algo que ni siquiera entiende?
Empecé a guardar enlaces.
Me decía que era para leerlos con calma.
Nunca los releía completos.
Solo necesitaba saber que seguían allí.
Un día abrí el historial del navegador.
No buscaba un artículo.
Buscaba comprobar cuánto tiempo llevaba volviendo.
Lo cerré enseguida.
No porque me asustara lo que encontré.
Porque me asustó haber esperado encontrar algo.
Durante un tiempo pensé que lo que aumentaba era la excitación.
Ahora no estoy seguro.
Creo que la excitación cambió de sitio.
Al principio aparecía mientras leía.
Después aparecía antes de leer.
Más tarde aparecía cuando intentaba no leer.
Esa diferencia es pequeña.
Pero ya no he conseguido olvidarla.
Había noches en las que abría una página.
La cerraba.
Volvía a abrirla cinco minutos después.
No porque hubiera olvidado lo que decía.
Porque no recordaba haber decidido cerrarla.
La contradicción empezó ahí.
No en lo que leía.
En la facilidad con la que encontraba una explicación para volver.
«Solo quiero comprobar una cosa.»
«Solo quiero releer ese párrafo.»
«Solo quiero entender un detalle.»
Siempre había un «solo».
Nunca era solo eso.
Durante unos segundos pensé que el problema era la curiosidad.
Esa explicación me tranquilizó.
Duró poco.
Porque la curiosidad normalmente desaparece cuando encuentra una respuesta.
La mía parecía crecer con cada respuesta.
Eso fue lo primero que dejó de parecerme normal.
Lo segundo fue peor.
Empecé a preguntarme cuándo había dejado de buscar información.
No encontré el momento.
Solo encontré cientos de momentos pequeños que parecían empujar en la misma dirección.
Todavía no había ocurrido nada.
No había conocido a nadie.
No había cruzado ningún límite.
Solo estaba leyendo.
Y, sin embargo, cada vez que cerraba el navegador tenía la sensación de haber dejado una conversación a medias.
No con otra persona.
Con una versión de mí que parecía saber algo unos segundos antes que yo.
Durante un instante creí entender qué estaba pasando.
La idea apareció.
Desapareció antes de terminar.
Solo quedó una frase.
No sé cuándo empecé a volver.
Solo sé que un día dejé de decidir volver.
Y esa diferencia todavía me cuesta escribirla.
Hubo un tema al que siempre terminaba regresando.
Los azotes.
No porque quisiera recibirlos.
Esa habría sido una explicación demasiado sencilla.
Volvía porque no entendía por qué algo tan simple ocupaba tanto espacio en la imaginación de otras personas.
Leía relatos.
Ensayos.
Foros.
Cerraba la página convencido de haber entendido.
Al día siguiente volvía.
Durante un tiempo pensé que estaba buscando una respuesta.
Después creí que buscaba una sensación.
Ahora sospecho que buscaba otra cosa.
El instante exacto en que un gesto cotidiano dejaba de parecer cotidiano.
Eso me cuesta admitirlo.
Porque nunca me impresionó la intensidad.
Me impresionaba la espera.
La preparación.
La facilidad con la que una conversación podía girar durante páginas enteras alrededor de algo que todavía no había ocurrido.
Descubrí que empezaba a leer esos textos igual que otras personas leen un misterio.
No para llegar al final.
Sino para descubrir cuándo había empezado exactamente la expectativa.
Y un día entendí algo que preferiría no haber entendido.
No recordaba cuál había sido el primer texto que leí sobre el tema.
Solo recordaba que ya estaba buscando el siguiente antes de terminar el anterior.
Tengo que mover el cuello…