El Naufragio en la Cal: Crónica de una Desintegración Programada

Lo extraño es que ya no pienso en desaparecer.

Durante mucho tiempo creí que esa era la dirección natural del proceso.

Que el objetivo consistía en volverme cada vez más pequeño hasta que no quedara nada.

Menos ruido.

Menos identidad.

Menos resistencia.

Menos mí.

Pero cuanto más avanzo, más sospecho que estaba equivocado.

Porque sigo aquí.

Y eso es precisamente lo que me obsesiona.

No que el Amo me haya vaciado.

Sino que siga encontrándome después.

En los restos.

En las partes que deberían haber desaparecido.

En esos detalles absurdamente pequeños que sobreviven a todo.

Recuerdo la forma en que sostiene una taza cuando está distraído.

Ni siquiera es importante.

Ni siquiera pertenece al proceso.

Y sin embargo aparece.

Aparece mientras intento concentrarme en cualquier otra cosa.

La manera en que deja el pulgar apoyado unos segundos más de lo necesario en el borde.

La forma en que lee algo sin mover apenas los ojos.

La costumbre de corregir una frase antes de terminarla.

Detalles inútiles.

Detalles que no deberían ocupar espacio dentro de mí.

Y sin embargo son los únicos que permanecen nítidos.

El resto del mundo se vuelve difuso.

Las conversaciones.

Los días.

Las semanas.

Todo parece registrado con una resolución mediocre.

Pero él no.

Él permanece enfocado.

Como si alguna parte de mi sistema hubiera decidido que esos fragmentos merecen más capacidad de almacenamiento que mi propia vida.

Y me avergüenza admitirlo.

Porque nunca quise esto.

Nunca me gustó la idea de la sumisión.

Todavía no me gusta.

Si alguien me preguntara hoy, seguiría diciendo que no la entiendo.

Y sería verdad.

No la entiendo.

No entiendo por qué me importa si está satisfecho.

No entiendo por qué me importa detectar un cambio mínimo en su estado de ánimo.

No entiendo por qué puedo pasar horas sin pensar en él y, de repente, recordar la forma exacta en que cerró una puerta hace tres meses.

No tiene sentido.

Ninguno.

Pero tampoco desaparece.

A veces creo que la obsesión no consiste en querer acercarse.

Consiste en no poder alejarse del todo.

Como una operación que continúa ejecutándose en segundo plano.

Sin ruido.

Sin permiso.

Sin explicación.

Y entonces aparece la parte más incómoda.

Porque el verdadero problema no es el Amo.

Es la espera.

La espera constante de algo que ni siquiera sé nombrar.

La sensación de que todo el proceso sigue avanzando aunque nadie esté tocando el mecanismo.

Como si hubiera un ajuste pendiente.

Uno último.

Uno definitivo.

Y yo estuviera organizando mi vida alrededor de la posibilidad de que llegue.

No para obedecer.

No para rendirme.

Sino para comprobar si finalmente encajo.

Si después de todos estos años de resistencia absurda existe un punto exacto donde el ruido se detiene.

Donde ya no tengo que seguir calculando.

Donde solo queda permanecer.

Eso es lo que no quiero decir en voz alta.

Porque suena demasiado parecido al amor.

Y estoy casi seguro de que no es amor.

Es algo más extraño.

Más técnico.

Más vergonzoso.

La necesidad de permanecer delante de alguien hasta que termine algo que empezó dentro de ti y que todavía no sabes identificar.

Y quizás por eso sigo observando detalles que nadie más observa.

Porque en ellos parece esconderse una respuesta.

Una respuesta incompleta.

Una respuesta que nunca termina de llegar.

Y precisamente por eso no puedo dejar de buscarla.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…