Sade y La Anatomía del Deseo Inconfesable: El Registro de la Sombra en el Tejido

Durante mucho tiempo pensé que Sade escribía sobre el exceso.

Era una explicación cómoda.

Permitía mantener cierta distancia.

Uno podía leer aquellas páginas como quien observa una tormenta desde el otro lado de una ventana.

Había crueldad.

Había obsesión.

Había una acumulación de actos tan extremos que resultaba fácil convencerse de que todo aquello pertenecía a otro territorio.

A otra especie de ser humano.

Después empecé a notar algo extraño.

Cuanto más leía, menos me interesaban los acontecimientos.

Y más me interesaba aquello que los provocaba.

No las acciones.

La necesidad que existía detrás de ellas.

Una tarde encontré un viejo ejemplar de Justine abierto sobre la mesa.

No recuerdo haberlo dejado así.

Quizá lo hice.

La memoria tiene una forma extraña de reorganizar los detalles cuando pasan suficientes días.

La página estaba doblada en una esquina.

Solo una.

Como si alguien hubiera querido regresar exactamente a ese lugar.

Leí el párrafo otra vez.

Luego una tercera.

No porque fuera especialmente importante.

Precisamente porque no lo era.

Y sin embargo seguía volviendo.

Eso empezó a inquietarme.

No el contenido.

La repetición.

La sensación de que algo seguía llamando mi atención sin explicar nunca por qué.

Pensé en Sade.

Pensé en los años que pasó encerrado.

En las habitaciones donde escribía.

En el hecho de que una gran parte de su obra nació en espacios donde apenas ocurría nada.

Y empecé a sospechar que el verdadero tema nunca había sido el exceso.

Quizá era la fijación.

La imposibilidad de abandonar ciertas ideas una vez que han encontrado un lugar donde instalarse.

La habitación estaba en silencio.

La luz de la tarde apenas alcanzaba una esquina de la pared.

Allí había una pequeña mancha de humedad.

Nada extraordinario.

Sin embargo me descubrí observándola durante varios minutos.

Tenía una forma irregular.

Como si estuviera intentando convertirse en otra cosa.

Aparté la mirada.

Volví unos segundos después.

La mancha seguía igual.

Pero la sensación no.

Y eso era precisamente lo incómodo.

Porque empezaba a parecerse demasiado a la lectura.

A esa manera de regresar una y otra vez a algo que no termina de explicarse.

Sade hablaba constantemente del deseo.

Pero quizá no era el deseo lo que le interesaba.

Quizá era la persistencia.

La capacidad que tiene una idea para sobrevivir a todos los argumentos que intentan expulsarla.

Cerré el libro.

La habitación recuperó su silencio habitual.

La mancha seguía en la pared.

La página seguía doblada.

Nada había cambiado.

Y sin embargo tuve la sensación de que algo acababa de desplazarse unos milímetros.

No en el libro.

No en Sade.

En mí.

Y eso era lo que más me inquietaba.

No la existencia de ciertos deseos.

Sino la posibilidad de que algunas preguntas permanezcan mucho después de que uno haya decidido dejar de formularlas.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…