Anoche volví a despertarme.
No por un ruido.
No por una pesadilla.
Ni siquiera por un pensamiento concreto.
Fue una respiración.
La mía.
Solo eso.
Abrí los ojos en la oscuridad y durante unos segundos no entendí qué ocurría.
Entonces llegó el recuerdo.
La mano del Amo alrededor de mi cuello.
No apretando.
No obligando.
Simplemente allí.
Como si hubiera sido colocada exactamente donde debía estar.
Y de pronto comprendí algo que me resultó insoportable.
Cada vez que respiro vuelvo a aquella habitación.
No lo hago a propósito.
Ojalá fuera a propósito.
Sería más fácil.
Pero ocurre solo.
El aire entra.
El aire sale.
Y algo en mi mente recuerda.
La posición exacta.
La temperatura de la piel.
La inmovilidad.
La espera.
El final de la sesión acercándose lentamente.
Yo ya estaba ajustado.
Ya no había nada que corregir.
Nada que demostrar.
Nada que soportar.
Solo permanecer.
Y es precisamente eso lo que no entiendo.
Porque no me gusta ser sumiso.
La frase sigue pareciéndome cierta.
Cada vez que la repito encuentro motivos para creerla.
Ocupa demasiado espacio.
Consume demasiadas horas.
Se lleva demasiada energía.
Y sin embargo la contradicción sigue creciendo.
Porque cuanto menos me gusta, más difícil resulta apartarlo.
Cuanto menos lo entiendo, más vuelve.
Cuanto más vuelve, menos lugar deja para todo lo demás.
Empiezo a notar cambios que no esperaba.
La excitación ya no parece relacionada con las cosas que antes conocía.
Ya no parece relacionada con personas.
Ni con fantasías.
Ni siquiera con el deseo.
Todo termina reduciéndose a aquella habitación.
A la espera.
A la respiración.
A la sensación de permanecer inmóvil mientras el tiempo avanzaba alrededor de mí.
Y eso me llena de tristeza.
Una tristeza extraña.
No vacía.
Llena.
Demasiado llena.
Como una habitación donde ya no cabe nada más.
Porque no se parece a perder algo.
Se parece a descubrir que algo ha ocupado demasiado espacio dentro de mí.
A veces intento convencerme de que soy yo el problema.
Quizá haya algo defectuoso en mi manera de pensar.
Quizá otras personas simplemente seguirían adelante.
Quizá recordarían una sesión y continuarían con sus vidas.
Pero yo sigo regresando.
No a los golpes.
No al dolor.
Ni siquiera a las órdenes.
Regreso a los segundos finales.
A la respiración.
A la mano alrededor del cuello.
A la espera.
Y cada regreso parece volver más nítido el recuerdo.
Como si mi memoria estuviera afilándolo.
Como si eliminara detalles secundarios para conservar únicamente aquello.
La respiración.
La mano.
La inmovilidad.
La espera.
Y la certeza insoportable de que algo terminó aquella noche.
Mientras otra cosa todavía continúa creciendo.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…