Últimamente pienso mucho en el silencio.
No en el silencio normal.
No en la ausencia de ruido.
Pienso en aquel silencio.
El que aparecía cuando ya no había nada que hacer.
Cuando las instrucciones habían terminado.
Cuando la postura era correcta.
Cuando el cuerpo dejaba de buscar alternativas.
Cuando solo quedaba esperar.
Me sorprende lo mucho que lo recuerdo.
Porque nunca pensé que fuera importante.
Siempre creí que lo importante eran los acontecimientos.
Las conversaciones.
Las decisiones.
Las cosas que cambian la dirección de una vida.
No el silencio.
Y sin embargo ahora parece que mi memoria funciona de otra manera.
Recuerdo el silencio con más precisión que muchas conversaciones.
Recuerdo la espera con más claridad que muchos días completos.
Recuerdo la sensación de permanecer inmóvil mientras el tiempo continuaba avanzando alrededor de mí.
Y no entiendo por qué.
No me gusta ser sumiso.
La frase sigue siendo cierta.
La digo y continúa sonando verdadera.
No me gusta.
No se parece a mí.
No encaja con la persona que creía ser.
Pero algo ocurre después.
Siempre ocurre.
La frase termina.
Y la obsesión continúa.
Como si ambas cosas coexistieran sin anularse.
Como si la contradicción hubiera aprendido a respirar por sí sola.
Durante estos días he empezado a notar algo más.
No echo de menos únicamente al Amo.
Echo de menos una forma concreta de atención.
Una forma concreta de presencia.
La sensación de que durante unas horas el mundo se volvía extremadamente simple.
No fácil.
Simple.
Había una dirección.
Había una estructura.
Había una razón para permanecer.
Fuera de aquello todo vuelve a multiplicarse.
Decisiones.
Opciones.
Dudas.
Planes.
Pensamientos.
Capas y más capas.
Pero allí no.
Allí parecía existir una especie de reducción.
Como si cien preguntas distintas fueran sustituidas por una sola.
Y quizá por eso la tristeza aparece después.
Porque cuando termina la sesión todo vuelve a expandirse.
Todo vuelve a fragmentarse.
Todo vuelve a dispersarse.
Y entonces aparecen días como hoy.
Días donde hablo con personas.
Trabajo.
Camino.
Respondo mensajes.
Y aun así siento una especie de distancia.
Como si estuviera observando mi propia vida a través de un cristal ligeramente empañado.
No es sufrimiento.
No exactamente.
Es más parecido a una pérdida de definición.
Y entonces vuelven los detalles.
Siempre los detalles.
La tercera línea roja separada de las otras dos.
La puerta.
La espera.
El silencio.
Y de pronto todo parece más real que el presente.
Eso es lo que no consigo explicar.
No me gusta ser sumiso.
Pero sigo pensando en aquella habitación.
Sigo pensando en la espera.
Sigo pensando en la tranquilidad extraña de permanecer allí.
Y cuanto más intento comprenderlo menos lo entiendo.
Y cuanto menos lo entiendo más espacio ocupa.
Tengo que mover el cuello…