Lo peor no ocurre cuando pienso en el Amo.
Lo peor ocurre cuando no estoy pensando en él.
Porque ahí es cuando aparece.
A veces sucede antes de abrir los ojos.
Existe un instante extraño entre el sueño y la mañana donde todavía no recuerdo quién soy exactamente. Durante uno o dos segundos solo existe el peso de las mantas, una luz gris detrás de los párpados y la sensación de que algo me está esperando.
Y lo primero que aparece no es un recuerdo.
Es él.
No su rostro.
No una escena.
No una orden.
Solo la certeza.
La misma certeza absurda que uno tiene sobre la existencia de una puerta en una habitación que todavía está oscura.
Y eso me avergüenza más de lo que debería.
Porque ni siquiera lo estoy buscando.
A veces intento comprobarlo.
Intento pensar en cualquier otra cosa.
La lista de la compra.
El trabajo.
Un vídeo que vi la noche anterior.
Da igual.
Siempre encuentro algo.
Un gesto.
Una frase.
Una manera de sostener una taza.
Y de pronto él vuelve a estar ahí.
No como una imagen.
Como una gravedad.
Hace unos días estaba esperando un semáforo.
Había un hombre mayor con una bolsa de naranjas.
Una naranja cayó al suelo.
Rodó unos metros.
Nada importante.
Nadie lo habría recordado una hora después.
Yo tampoco debería recordarlo.
Pero recuerdo exactamente cómo rodó.
Porque durante un segundo pensé que él también habría mirado esa naranja.
Y desde entonces la escena quedó archivada.
No la naranja.
La posibilidad de que él hubiera visto la naranja.
Eso es lo que permanece.
Y cuanto más lo pienso menos sentido tiene.
Hay momentos todavía peores.
Momentos completamente ridículos.
Estoy viendo vídeos.
Vídeos que no tienen ninguna relación con nada.
Un documental sobre barcos.
Un hombre reparando una tubería.
Una cámara grabando lluvia en una estación japonesa.
Y de repente me descubro preguntándome qué habría pensado él.
Ni siquiera necesito una respuesta.
Solo aparece la pregunta.
Como un tic.
Como una costumbre.
Como una enfermedad extremadamente educada.
La vergüenza llega después.
Porque me doy cuenta.
Me doy cuenta de que llevo varios minutos observando el vídeo a través de una presencia que no está allí.
Y eso resulta difícil de explicar incluso dentro de mi propia cabeza.
Hay una tristeza extraña asociada a todo esto.
Aunque tristeza no es exactamente la palabra.
La tristeza tiene una causa.
Tiene una dirección.
Apunta hacia algo.
Esto no.
Esto es diferente.
Se parece más a encontrar una habitación dentro de una casa que llevas habitando años.
Una habitación que nunca habías visto.
Y que de alguna manera siempre estuvo allí.
No duele.
Pero ocupa espacio.
Y cuanto más espacio ocupa menos sitio queda para todo lo demás.
A veces estoy comiendo con compañeros de trabajo.
Todos hablan.
Todos ríen.
Uno de ellos cuenta una historia irrelevante sobre un cliente.
Yo asiento.
Participo.
Incluso sonrío.
Pero al mismo tiempo existe otra capa.
Otra conversación.
Más abajo.
Y en esa conversación silenciosa el Amo sigue allí.
No haciendo nada.
No diciendo nada.
Simplemente permaneciendo.
Como una marca circular que ya casi ha desaparecido de la piel pero que sigue apareciendo en la memoria cuando la mano pasa por ese lugar por accidente.
Eso es lo que resulta tan difícil de explicar.
No es intensidad.
Es permanencia.
El Marqués de Sade escribió mucho sobre deseos violentos.
Pero nadie me advirtió acerca de esto.
Nadie me explicó que la obsesión más humillante no es la que grita.
Es la que espera.
La que aparece mientras buscas las llaves.
Mientras lees una notificación irrelevante.
Mientras observas una cucharilla dentro de una taza vacía.
La que consigue ocupar una parte de la mañana sin pedir permiso.
La que permanece.
Y permanece.
Y permanece.
Hasta que un día descubres que ya no recuerdas exactamente cuándo empezó.
Solo recuerdas que está ahí.
Como si siempre hubiera estado.
El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…