El Silencio de los Cuerpos: El Mecanismo de la Telepatía Erótica y la Fuga Mecánica de la Palabra

No recuerdo cuándo apareció la nota.

Eso es lo primero que me preocupa.

No porque sea extraña.

Porque debería recordar haberla escrito.

Está sobre la mesa de la habitación de cal.

Un trozo de papel doblado.

Mi letra.

Mi forma de hacer las letras largas.

Mi forma de cerrar las aes.

No hay duda.

La escribí yo.

La nota contiene una sola frase:

No respondas cuando la escuches.

Nada más.

No tiene fecha.

No tiene firma.

Solo esa frase.

La dejo donde está.

Intento volver a leer.

No funciona.

Cada pocos minutos vuelvo a mirar el papel.

Como si estuviera esperando que apareciera una segunda línea.

No aparece.

Lo extraño ocurre después.

Escucho mi nombre.

No es una voz.

No exactamente.

Es más parecido a la sensación de haber escuchado una voz.

La misma diferencia que existe entre recordar algo y verlo.

Levanto la vista.

La habitación sigue igual.

La puerta sigue abierta.

La lámpara sigue encendida.

La nota sigue sobre la mesa.

Intento ignorarlo.

Entonces ocurre otra vez.

Mi nombre.

La misma impresión.

La misma proximidad.

No viene de ningún lugar concreto.

Y eso es lo que la vuelve difícil de localizar.

Miro la nota.

Por primera vez me pregunto cuándo la escribí.

No por qué.

Cuándo.

Hay una diferencia importante.

Si la escribí hace una hora, significa una cosa.

Si la escribí hace años, significa otra.

Y si no recuerdo haberla escrito, significa algo peor.

Tomo una fotografía.

No sé para qué.

Solo quiero fijar algo.

La nota.

La mesa.

La luz.

Pruebas.

Necesito una prueba.

Dejo el teléfono.

Espero.

Escucho mi nombre por tercera vez.

Esta vez respondo.

No con palabras.

Solo levantando la cabeza.

Como si alguien hubiera entrado en la habitación.

Nadie ha entrado.

Pero mi cuerpo ya había obedecido antes de que pudiera decidir.

Eso permanece conmigo.

No la voz.

La obediencia.

Vuelvo a mirar la fotografía.

La nota está ahí.

La mesa también.

Pero la frase es distinta.

Parpadeo.

La acerco.

La alejo.

Vuelvo a leer.

Ahora pone:

Ya respondiste.

Me quedo inmóvil.

Miro la nota real.

Sigue diciendo:

No respondas cuando la escuches.

Miro la fotografía.

Ya respondiste.

Miro la mesa.

Fotografía.

Mesa.

Fotografía.

Mesa.

No sé cuál de las dos versiones apareció primero.

Y esa duda se queda.

Intento recordar el instante exacto en que levanté la cabeza.

No puedo.

Solo recuerdo la sensación de que alguien esperaba esa respuesta.

Hay una regla que no recuerdo haber aprendido:

algunas preguntas no buscan una respuesta. Buscan comprobar que sigues ahí.

La habitación no cambia.

La lámpara no cambia.

La puerta sigue abierta.

Eso es lo que me preocupa.

Porque la fotografía sigue mostrando la otra frase.

Y empiezo a preguntarme algo que no había considerado.

No quién escribió la nota.

No quién dijo mi nombre.

Sino quién esperaba que obedeciera.

La nota permanece sobre la mesa.

No vuelvo a tocarla.

Horas después sigue exactamente donde estaba.

Lo sé porque la fotografío otra vez.

Cuando comparo ambas imágenes, la nota no se ha movido.

La sombra tampoco.

La mesa tampoco.

Solo ha cambiado la frase.

Tengo que mover el cuello…