La Dogmática del Silencio: El Soporte como Revelación de la Fe Mineral

Lo que más me desconcierta no es la inmovilidad.

Es la certeza.

Porque la inmovilidad termina.

La sesión termina.

La habitación desaparece.

La puerta vuelve a ser una puerta.

La calle vuelve a llenarse de personas.

Y sin embargo algo permanece.

No una orden.

No una postura.

No una instrucción.

Una certeza.

Una sensación difícil de explicar.

Como si durante unos instantes el ruido habitual hubiera desaparecido.

Y ahora, lejos de allí, siguiera comparando todo con aquel silencio.

Por eso la obsesión continúa creciendo.

No porque quiera obedecer.

No porque disfrute del dolor.

No porque me guste la idea.

De hecho, muchas mañanas ocurre exactamente lo contrario.

Me despierto.

Miro el techo.

Y pienso:

No quiero seguir pensando en esto.

No quiero que ocupe tanto espacio.

No quiero que siga apareciendo.

Pero la resistencia parece alimentar aquello que intento alejar.

Como una presión acumulándose detrás de una pared.

Durante el día hablo con personas.

Trabajo.

Camino.

Escucho conversaciones.

Y todo funciona.

Pero algo ha cambiado.

Hay momentos en los que el mundo parece perder resolución.

No desaparecer.

No volverse irreal.

Simplemente perder nitidez.

Como si una parte de mi atención estuviera ocupada observando otra cosa.

Algo distante.

Algo inmóvil.

Algo que continúa esperando.

Entonces aparece el recuerdo.

No de una orden.

Ni siquiera de una sesión concreta.

Aparece la habitación.

La puerta.

La luz.

Y aquella tercera línea roja.

La separada.

La que permanecía sola cerca del marco superior.

Todavía no entiendo por qué.

Nunca tuvo importancia.

Nunca fue el centro de nada.

Y sin embargo permanece.

Más estable que muchos acontecimientos importantes.

Más precisa que conversaciones enteras.

Más clara que semanas completas.

Quizá porque la obsesión ya no gira alrededor de lo que ocurrió.

Quizá gira alrededor de lo que sentí cuando todo parecía encajar.

Durante unos minutos.

Durante unos segundos.

Durante un instante imposible de medir.

El mundo dejaba de fragmentarse.

Las dudas dejaban de multiplicarse.

La necesidad constante de elegir desaparecía.

Y quedaba algo extremadamente simple.

Algo que todavía no sé nombrar.

Por eso sigo pensando en ello.

Porque no consigo explicarlo.

Porque ninguna explicación parece suficiente.

Y porque cada intento de olvidarlo termina devolviéndome exactamente al mismo lugar.

A la misma puerta.

A la misma habitación.

A la misma línea roja suspendida en la memoria con una claridad imposible.

Tengo que mover el cuello…