No recuerdo cuándo apareció por primera vez.
Quizá por eso sigo volviendo.
No era una fotografía especialmente llamativa.
No era la máscara.
No era el tubo.
No era siquiera la persona que aparecía inmóvil frente a la cámara.
Era otra cosa.
Algo que no conseguía nombrar.
Cerré la ventana.
Seguí con mi día.
Horas después volví a abrirla.
No porque hubiera olvidado lo que había visto.
Porque esperaba encontrar algo distinto.
Como si el significado hubiera cambiado mientras yo no miraba.
La habitación estaba en silencio.
La taza de café se había quedado fría.
La luz del monitor era la única cosa encendida.
Abrí otra pestaña.
Después otra.
Después otra más.
Artículos.
Fotografías.
Fragmentos de conversaciones.
Personas intentando explicar qué encontraban allí.
Ninguna explicación parecía suficiente.
Y sin embargo seguía leyendo.
Al principio pensé que era curiosidad.
Después pensé que era investigación.
Más tarde empecé a llamarlo una pregunta.
Ahora no estoy seguro de que tenga nombre.
Lo extraño no era el objeto.
Lo extraño era la repetición.
Normalmente las preguntas desaparecen cuando las respondes.
Esta no.
Cada respuesta parecía producir una pregunta nueva.
Más pequeña.
Más difícil de localizar.
Más persistente.
Una noche encontré una carpeta olvidada.
No recordaba haberla creado.
Dentro había capturas de pantalla.
Artículos guardados.
Párrafos subrayados.
Las fechas tenían meses de diferencia.
Algunas más de un año.
Me quedé observándolas durante varios minutos.
No recordaba haber descargado nada de aquello.
Lo extraño no fue encontrar los archivos.
Lo extraño fue reconocerlos inmediatamente.
Como si una parte de mí hubiera estado regresando allí mucho antes de que yo empezara a prestar atención.
¿Cuánto tiempo llevaba volviendo?
No tenía respuesta.
Y por primera vez sospeché que esa era la pregunta importante.
No qué estaba mirando.
No qué significaba.
No qué buscaba.
Sino cuánto tiempo llevaba orbitando alrededor de la misma idea sin darme cuenta.
Miré la hora.
Después la volví a mirar unos minutos más tarde.
No porque hubiera olvidado la primera.
Porque quería comprobar algo.
No sé qué.
Empiezo a pensar que muchas de estas comprobaciones funcionan igual.
Digo que estoy buscando una explicación.
Y es verdad.
Lo extraño es no saber por qué necesito encontrarla tanto.
Tengo que mover el cuello.
No lo estoy moviendo.
Espero notar el momento exacto en que empiece.
Pero cuando llega, ya ha pasado.
Quizá eso es lo que sigue atrayéndome.
No la imagen.
No el objeto.
No la fantasía.
Sino ese instante imposible de localizar.
El momento en que algo deja de ser una simple curiosidad.
Y se convierte en algo que ya estaba esperándome antes de que yo llegara.
Tengo que mover el cuello…