La envidia no empieza como emoción.
Empieza como lectura.
Primero no la reconozco en mí. La reconozco en la imagen.
En el brillo de una vida que no me pertenece pero que, por alguna razón, no puedo dejar de procesar.
Durante un tiempo pensé que estaba observando a otros.
Después entendí algo más incómodo.
No estaba observando.
Estaba comparando sin haberlo decidido.
Y la comparación no es un acto.
Es una infraestructura que se activa sola.
Sade aparece aquí de una forma extraña.
No como autor.
Como lógica.
En su mundo, la desigualdad no es un accidente social.
Es una condición necesaria del sistema.
Alguien mira. Alguien es mirado. Alguien queda fuera.
No hay equilibrio posible.
Solo posiciones.
Y lo perturbador no es la violencia.
Es la naturalidad con la que se sostiene.
Cierro la pantalla un momento.
Pero la imagen no se cierra.
Permanece en otro lugar, como si ya no dependiera del dispositivo.
La habitación está en silencio.
Y sin embargo hay algo que sigue funcionando.
No afuera.
Dentro.
Pequeños fragmentos de vidas ajenas aparecen como restos de una combustión continua.
Una historia breve.
Un rostro sin contexto.
Un éxito que no necesita explicación para doler.
Y lo extraño es esto:
no es que duela lo que veo.
Es que algo en mí lo registra como medida.
Como si el valor fuera una escala externa que nunca termina de estabilizarse.
Sade escribiría esto sin llamarlo envidia.
Lo integraría en el mecanismo.
En la economía del deseo donde nada existe sin una jerarquía de intensidad.
Cierro los ojos.
No cambia nada.
Porque el problema no está en la imagen.
Está en el hecho de que sigue activa incluso cuando ya no la estoy mirando.
Más tarde encuentro la pantalla encendida otra vez.
No recuerdo haberla dejado así.
O quizá sí.
Eso ya no importa.
Lo importante es que el contenido ha cambiado, pero la sensación no.
La misma estructura.
Otra vida.
Otro fragmento imposible de habitar.
Y yo, en el mismo punto.
Como si la comparación no dependiera de lo que veo, sino de la capacidad de seguir mirando sin detener el mecanismo.
Sade no hablaba de redes.
Pero entendía algo más básico.
Que el deseo no necesita libertad.
Solo diferencia.
Y la diferencia, sostenida el tiempo suficiente, se convierte en sistema.
Al final me doy cuenta de algo que no esperaba.
No estoy intentando dejar de mirar.
Estoy intentando encontrar el punto exacto donde mirar empezó a parecer necesario.
Y eso es lo que no encaja.
No la envidia.
Sino la continuidad.
La sensación de que no hay interrupción posible entre ver y medirse.
Como si el mundo hubiera dejado de ser mundo.
Y se hubiera convertido en una comparación que no termina.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería la base del cráneo es una superficie de yeso frío el olor a pared vieja invade la glotis debería…