La Acústica de la Piedra: Mi Voz como Cimiento del Sistema

La obsesión ya no se parece a un pensamiento.

Se parece a una vibración.

A una señal sostenida.

A una nota que continúa sonando incluso cuando nadie recuerda quién la produjo.

Bajo esa tensión constante, la atención deja de comportarse como una herramienta y empieza a comportarse como un territorio ocupado.

No existe una decisión consciente de regresar.

Simplemente regreso.

Una y otra vez.

Como si algo hubiera encontrado una manera de permanecer activo debajo de todas las demás actividades.

La excitación llegó hace tiempo a un punto donde dejó de sentirse como excitación.

Ahora se parece más a presión.

Una presencia.

Una acumulación.

Como si una pregunta hubiera sido formulada correctamente una sola vez y desde entonces continuara expandiéndose sin necesidad de repetirse.

Intento comprenderla.

La comprensión aumenta la intensidad.

La intensidad aumenta la necesidad de comprender.

Y la necesidad de comprender vuelve a alimentar la obsesión.

El circuito permanece cerrado.

Lo extraño es que sigo formulando objeciones.

Sigo diciendo que no quiero permanecer ahí.

Sigo enumerando razones.

Sigo construyendo argumentos.

Pero cada argumento termina convertido en material para la propia estructura.

Nada la debilita.

Todo la alimenta.

La habitación ya no funciona como un lugar.

Funciona como un archivo.

Un archivo compuesto por detalles absurdamente pequeños.

La posición de una silla.

La distancia entre dos objetos.

La manera en que una voz ocupaba el espacio.

Una pausa.

Una mirada.

Una línea en una pared.

Elementos insignificantes que han adquirido una densidad imposible.

No porque sean importantes.

Sino porque permanecen.

Y la permanencia es precisamente el núcleo del problema.

En algún punto incluso aparece la figura del Marqués de Sade.

No como una respuesta.

No como una autoridad.

Sino como otro ejemplo de persistencia.

Otra prueba de que ciertas ideas sobreviven a quienes las producen.

Otra evidencia de que algunas preguntas no desaparecen cuando son respondidas.

Simplemente encuentran nuevas formas de continuar existiendo.

La obsesión tampoco parece crecer.

Parece compactarse.

Volverse más densa.

Más simple.

Más total.

Hasta que deja de existir diferencia entre pensar en ella y habitarla.

Y entonces la frecuencia deja de sentirse como algo que escucho.

Empieza a sentirse como algo que ocupa espacio dentro de mí.

No exige atención.

La reemplaza.

No pide permiso.

Se instala.

Y en ese punto ya no importa cuánto tiempo haya pasado.

La vibración continúa.

La pregunta continúa.

La excitación continúa.

La contradicción continúa.

Como una señal que ha olvidado cómo apagarse.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…