Se siente como algo que no debería gustarme… pero que empiezo a buscar sin querer.
No me gusta admitirlo.
De hecho, me molesta reconocerlo incluso mientras lo estoy pensando.
Porque en algún punto ya no es solo observación.
Es espera.
Y esa espera me contradice.
Me contradice de una forma que no puedo resolver del todo.
Al principio rechazo la idea.
Me digo que es solo una comprobación técnica.
Pero esa explicación no se queda quieta.
Vuelve.
Y cada vez vuelve más fácil.
Como si ya tuviera un lugar dentro de mí.
No me gusta eso.
No me gusta nada.
No me gusta que una simple presión en la piel empiece a ocupar tanto espacio mental.
No me gusta que el gesto del Amo se convierta en algo que anticipo antes de que ocurra.
Y sin embargo lo anticipo.
Sin querer.
Lo peor es eso.
Que no es decisión.
Es repetición.
Es hábito naciendo donde no debería haber nada.
Intento apartarlo.
Intento volver a una percepción “normal”.
Pero la normalidad ya no encaja del mismo modo.
Algo se ha desplazado.
No completamente.
Solo lo suficiente.
Y eso es lo que me incomoda.
No la intensidad.
Sino la persistencia.
Porque cuanto más intento negarlo, más lo estoy midiendo.
Más lo estoy esperando.
Y en algún punto me descubro haciendo exactamente eso que no quería hacer.
Atenderlo.
El Amo no tiene que insistir.
El gesto ya está incorporado en la forma en que reacciono.
Y esa es la parte que me cuesta aceptar.
Que no es imposición directa.
Es internalización.
Casi silenciosa.
Como si la vigilancia hubiera dejado de ser externa.
Y empezara a parecer parte de mi propia atención.
Y lo más inquietante es que no puedo dejar de volver ahí.
Una y otra vez.
Como si algo en mí hubiera decidido seguir mirando.
Aunque otra parte no quiera.
El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…