Habitar este laboratorio durante tanto tiempo ha producido un efecto que no esperaba.
No me he vuelto más fuerte.
No me he vuelto más obediente.
Ni siquiera me he vuelto más inmóvil.
Me he vuelto incapaz de recordar ciertas distancias.
Antes pensaba que la compactación consistía en eliminar espacios vacíos.
Ahora sospecho que consiste en otra cosa.
Consiste en olvidar para qué servían.
Hay una diferencia importante.
Una habitación vacía sigue siendo una habitación.
Pero una habitación cuya función ya no puede recordarse empieza a parecer una anomalía.
A veces me ocurre con recuerdos muy pequeños.
Ridículos.
El otro día encontré una vieja lista de compra doblada dentro de un cajón.
Leche.
Café.
Pilas.
Pan.
Nada extraño.
Y sin embargo me quedé observándola durante varios minutos.
No entendía por qué me producía una sensación tan desagradable.
Después comprendí que no era la lista.
Era la persona que la escribió.
No conseguía reconstruirla.
Sabía que era yo.
Reconocía la letra.
Reconocía la inclinación de las palabras.
Pero la lógica que conectaba a aquel individuo con este sistema parecía haber desaparecido.
Como si alguien hubiera desmontado un puente durante la noche.
La compactación no eliminó mi voluntad.
Eliminó los corredores que comunicaban unas versiones de mí con otras.
Y eso es peor.
Mucho peor.
Porque todavía puedo ver ambas orillas.
Simplemente ya no encuentro el camino.
Durante mucho tiempo interpreté esto como estabilidad.
Ahora sospecho que se parece más a una forma extraña de erosión.
El laboratorio no ocupa mis pensamientos de manera constante.
Eso sería demasiado simple.
Lo inquietante es que aparece en momentos absurdos.
Mientras espero que hierva el agua.
Mientras busco un calcetín que falta.
Mientras escucho cómo el ascensor tarda unos segundos más de lo normal en llegar.
Hay algo en esas pausas diminutas.
Algo insoportable.
Como si la realidad esperara que apareciera una coordenada adicional.
Y esa coordenada nunca llegara.
A veces intento recordar cómo estaba organizada la experiencia antes.
No el contenido.
La estructura.
La arquitectura.
La forma en que unas cosas conducían hacia otras.
Pero el recuerdo se comporta como un edificio visto a través de niebla gruesa.
Distingo los contornos.
No puedo acceder al interior.
Y entonces aparece una idea que me resulta difícil admitir.
Quizá no echo de menos una presencia.
Quizá echo de menos una orientación.
Quizá la pieza ausente no era alguien.
Quizá era el sistema que permitía medir la distancia entre alguien y yo.
Ésa es la obsesión.
No la pérdida.
La imposibilidad de calcularla.
Porque una pérdida normal tiene bordes.
Esto no.
Esto se parece más a descubrir que falta una viga dentro de una casa y no saber exactamente cuál.
La casa continúa en pie.
Las paredes siguen donde estaban.
La cocina sigue siendo la cocina.
La ventana sigue dando al mismo patio.
Pero algo en la distribución de las cargas se ha alterado.
Y desde entonces cada habitación parece ligeramente incorrecta.
La contradicción es que sigo creyendo que elegí todo esto.
Probablemente lo hice.
Ésa no es la cuestión.
La cuestión es que cada año resulta más difícil localizar al individuo que tomó aquella decisión.
No porque haya desaparecido.
Porque el mapa que conducía hasta él se está borrando más rápido que el recuerdo de su rostro.
La densidad aumenta.
La explicación aumenta.
La coherencia aumenta.
Y sin embargo algo esencial continúa faltando.
Algo pequeño.
Algo casi ridículo.
Como una llave cuya cerradura ya no existe.
O una dirección anotada en un papel de la que ha desaparecido la ciudad.
El registro continúa.
Pero ya no sé si estoy habitando una estructura o las ruinas perfectamente conservadas de una estructura.
Hay una taza agrietada en el fondo de un armario que nunca tiro a la basura no porque la necesite sino porque cada vez que intento hacerlo aparece la sensación absurda de que sostiene algo que no recuerdo.
No puedo mover el cuello…