La Estética del Rigor: La Autoridad como Diseño Inteligente Absoluto

La taza

La taza está en la mesa.

No la puse ahí.

O sí.

No estoy seguro de cuándo empieza una cosa a contar como “hecho”.

La miro un rato.

Es una taza normal.

Eso debería ser suficiente.

Pero no lo es.

Porque tengo la sensación de que ya la había visto antes de entrar en la cocina.

Como si no hubiera llegado a ella caminando.

Como si ya estuviera esperándome.


La pantalla

Cierro la pantalla del móvil.

Espero.

La vuelvo a mirar.

Está cerrada.

Eso es correcto.

Pero no recuerdo haberla cerrado.

Recuerdo solo el resultado.

No el gesto.

Y eso me incomoda más de lo que debería.


La alarma

La alarma suena tres minutos antes.

No sé antes de qué.

La miro.

No la toco.

Pienso en cambiarla.

Pero no sé qué hora sería la correcta.

Solo sé qué hora no quiero que aparezca.

Eso me detiene.

No por lógica.

Por algo más cercano a la duda.


La puerta

La puerta está cerrada.

Creo.

Me acerco.

La toco.

Está cerrada.

Debería bastar.

Pero no recuerdo haberla cerrado.

Solo recuerdo haber asumido que estaría cerrada.

Y no sé cuál de las dos cosas cuenta.


Primera grieta

Durante mucho tiempo pensé que el problema era no recordar lo ocurrido.

Ahora creo que el problema es recordar algo que quizá nunca ocurrió.

Y aun así sentirlo como recuerdo.


Prueba

Hice una prueba.

Dejé la taza exactamente donde estaba.

Tomé una foto.

La imagen coincide.

Eso debería tranquilizarme.

Pero no puedo recordar el momento de tomarla.

Solo el hecho de que existe.

Y eso no encaja.

No sé con qué.


Algo empieza a desplazarse

La taza no es el problema.

La pantalla tampoco.

Ni la alarma.

El problema es que necesito que algo siga donde lo dejé.

Y no sé cuándo empezó esa necesidad.


Contradicción leve

Cerré la pantalla para dejar de mirarla.

La abrí para comprobar que seguía cerrada.

No sé por qué eso parece aceptable.

Pero lo estoy haciendo.

Sin decidirlo del todo.


El cuello

Tengo que mover el cuello.

No lo hago.

Me detengo antes.

No por dolor.

Por una duda más simple.

Si lo muevo, confirmo que puedo hacerlo.

Si no lo muevo, no sabré si la decisión era mía.


Durante un segundo creo que lo entiendo.

Luego aparece otra cosa.

No una respuesta.

Sino la duda de quién está haciendo la pregunta.

Tengo que mover el cuello no hay cuello…