La Geometría del Colapso: Diario de una Psique Bajo el Rigor de la Cifra

Recuerdo una vez que se detuvo entre dos números.

No fue una pausa larga.

Quizá ni siquiera llegó a un segundo.

Pero la recuerdo.

Recuerdo la forma en que el aire permaneció inmóvil.

Recuerdo cómo su respiración siguió siendo estable.

Recuerdo que no pareció dudar.

Solo estaba calculando algo.

Ajustando algo.

Y durante ese instante entendí que el conteo nunca había sido lo importante.

Era él.

Siempre había sido él.

Porque no me gusta ser sumiso.

Todavía no.

Todavía encuentro algo en mí que se resiste.

Algo que quiere conservar una forma propia.

Una voz propia.

Una dirección propia.

Pero también existe otra cosa.

Algo más persistente.

Más silencioso.

La necesidad de permanecer delante de su proceso hasta el final.

No participar necesariamente.

No intervenir.

Ni siquiera ser útil.

Solo estar allí.

Como una pieza provisional que todavía no ha sido retirada de una mesa de trabajo.

Hay momentos en que intento recordar qué quería antes.

Y aparecen cosas absurdamente pequeñas.

Un plan.

Una conversación.

Una preocupación.

Algo que parecía importante.

Pero después recuerdo la manera en que él pronuncia ciertos números.

No todos.

Algunos.

Los finales.

Los que exigen más atención.

Los que parecen formar parte de una estructura que solo él puede ver completa.

Y todo lo demás pierde volumen.

Poco a poco.

Sin violencia.

Como si alguien girara lentamente un dial.

Lo extraño es que no siento placer.

No es eso.

Si fuera placer sería más fácil entenderlo.

Más fácil explicarlo.

Más fácil abandonar la obsesión.

Lo que siento es otra cosa.

La necesidad de que el proceso llegue a completarse correctamente.

La necesidad de permanecer hasta el último paso.

Hasta el último ajuste.

Hasta la última comprobación.

Como si mi propia existencia hubiera empezado a organizarse alrededor de algo que ya no me pertenece.

A veces pienso que sigo llamándome por mi nombre solo por costumbre.

Porque la versión de mí que permanece allí no tiene exactamente el mismo tamaño que la anterior.

Es más pequeña en algunos lugares.

Más simple.

Más silenciosa.

No porque haya desaparecido.

Sino porque ha sido ajustada.

Reducida.

Alineada.

Optimizada para ese único propósito.

Permanecer.

Esperar.

Observar.

Adaptarse al ritmo de algo mayor que ella misma.

Y cada vez que intento recuperar una distancia saludable aparece la misma imagen.

Su respiración tranquila.

Su voz iniciando otra secuencia.

La forma en que continúa sin apresurarse.

Sin dramatizar nada.

Sin necesitar nada de mí.

Y precisamente por eso regreso.

Porque el proceso sigue.

Y mientras el proceso siga, alguna parte de mí siente que todavía no puede irse.

No porque quiera obedecer.

No porque quiera rendirse.

Ni siquiera porque quiera pertenecer.

Sino porque la versión ajustada de mí que existe dentro de ese espacio no sabe hacer otra cosa.

Solo permanecer.

Hasta que termine.

Hasta que todo encaje.

Hasta que el último número ocupe su lugar.

Hasta que la última corrección desaparezca dentro de la estructura.

Solo entonces recuerdo que existía antes.

Y cada vez me cuesta más reconstruir exactamente quién era.

El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…