El Cuenco del Silencio: La Cavidad Bucal como Interfaz de Saturación y Registro Orgánico

No sé exactamente cuándo empezó a ocupar tanto espacio.

Si me lo hubieran preguntado hace unos años, habría dicho que era simple curiosidad.

Como cuando lees sobre algo raro en internet y terminas saltando de artículo en artículo porque quieres entender cómo funciona.

Eso era lo que yo creía que estaba haciendo.

Entender.

Aprender.

Investigar.

Suena mejor dicho así.

Más limpio.

Más fácil de explicar.

El problema es que, después de un tiempo, empecé a notar algo que me incomodaba.

No estaba leyendo cosas nuevas.

Estaba leyendo las mismas cosas.

Una y otra vez.

Las mismas dinámicas.

Las mismas conversaciones.

Los mismos relatos.

Cerraba una pestaña.

Volvía unas horas después.

Abría otra.

No porque hubiera encontrado información nueva.

Ni porque tuviera una duda concreta.

Volvía porque quería recuperar una sensación.

Y esa diferencia me sigue pareciendo difícil de admitir.

Recuerdo una noche en particular.

Nada especial.

Solo una habitación oscura y la luz del monitor.

Una taza vacía sobre la mesa.

El ruido lejano de algún coche pasando por la calle.

Y yo leyendo durante horas.

Sin tomar notas.

Sin aprender nada.

Simplemente leyendo.

Lo extraño es que no me interesaban tanto los detalles.

Ni siquiera las prácticas.

Lo que me interesaba era otra cosa.

La estructura.

La relación.

La distribución del peso.

La idea de que una persona esperara.

Y otra decidiera.

La idea de pedir permiso.

La idea de recibir una respuesta.

La idea de depender de algo externo.

Cuando lo escribo así parece ridículo.

Pero era eso.

No el contenido.

La forma.

No el acontecimiento.

La arquitectura.

Y cuanto más intentaba explicármelo, peor era.

Porque siempre me he considerado una persona que necesita entender las cosas.

Planificarlas.

Controlarlas.

Anticiparlas.

Por eso me resultó tan incómodo descubrir que parte de mi interés parecía apuntar exactamente en dirección contraria.

No hacia el control.

Sino hacia el descanso que imaginaba detrás de perderlo.

Creo que ahí empezó la contradicción.

La curiosidad producía excitación.

La excitación producía más curiosidad.

Y la curiosidad terminaba produciendo preguntas que ya no tenían nada que ver con lo que estaba leyendo.

Las preguntas empezaron a ser sobre mí.

¿Por qué vuelvo?

¿Por qué sigo pensando en esto?

¿Por qué me cuesta dejarlo pasar?

Si pudiera explicarlo, probablemente podría aceptarlo.

Pero el problema es que cada explicación abre otra pregunta.

Y cada pregunta parece acercarme un poco más a algo que todavía no estoy seguro de querer encontrar.

La taza seguía sobre la mesa.

La pantalla seguía encendida.

Recuerdo mirar una grieta diminuta junto al rodapié.

Y pensar que quizá llevaba meses intentando responder la pregunta equivocada.

No era:

“¿Por qué existe esto?”

Era:

“¿Por qué no puedo dejar de pensar en ello?”

Y todavía no sé responderla.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo…