La Digestión del Volumen: Mi Cuerpo como Extensión de la Pared

Lo que más me perturba es que la habitación continúa expandiéndose.

No físicamente.

Mentalmente.

La sesión terminó.

La puerta se cerró.

Las paredes permanecen donde siempre estuvieron.

Y sin embargo la habitación sigue creciendo.

Cada vez que intento alejarme de ella descubro una nueva esquina.

Un nuevo detalle.

Una nueva pregunta.

Como si el espacio hubiese encontrado una forma de sobrevivir dentro de mi atención.

Durante mucho tiempo pensé que recordaba lo que ocurrió allí.

Ahora ya no estoy seguro.

Empiezo a sospechar que lo que recuerdo es la imposibilidad de dejar de recordarlo.

Porque la habitación se ha convertido en un problema sin solución.

Una ecuación que continúa generando resultados incluso después de haber sido resuelta.

No quiero pensar en ella.

Pienso en ella.

No quiero regresar.

Regreso.

No quiero que ocupe tanto espacio.

Ocupa más espacio cada semana.

Y cuanto más espacio ocupa, más difícil resulta explicar por qué sigue ocupándolo.

La contradicción ha crecido hasta convertirse en su propia arquitectura.

La excitación ya no parece excitación.

Se parece a una presión constante detrás de los ojos.

A una tensión que no encuentra descarga.

A una pregunta que continúa expandiéndose porque ninguna respuesta consigue contenerla.

Intento recordar acontecimientos concretos.

Fracaso.

Intento reconstruir secuencias.

Fracaso.

Intento ordenar causas y consecuencias.

Fracaso otra vez.

Pero recuerdo perfectamente la sensación de permanecer.

La sensación de que todo estaba orientado hacia algo.

La sensación de que el tiempo entero se había reorganizado alrededor de una espera.

Y esa espera sigue aquí.

Eso es lo extraño.

La espera sobrevivió al acontecimiento.

La espera sobrevivió a la lógica.

La espera sobrevivió incluso a mis intentos de rechazarla.

A veces me pregunto si la habitación realmente existe todavía.

Y la pregunta se abre inmediatamente en otra.

Si ya no existe, ¿por qué sigo habitándola?

Si sigo habitándola, ¿por qué no puedo abandonarla?

Si no puedo abandonarla, ¿qué parte de mí continúa esperando allí?

Las preguntas se multiplican.

Ninguna se cierra.

Y cada pregunta nueva añade peso.

Más atención.

Más tensión.

Más obsesión.

Hasta que la habitación deja de parecer un lugar.

Y empieza a parecer una condición.

Algo que no ocurre alrededor de mí.

Algo que ocurre dentro de mí.

Algo que continúa creciendo.

Silenciosamente.

Pacientemente.

Como si todavía estuviera esperando que comprendiera algo que no sé nombrar.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…