Dije que iba a dejarlo.
Lo razoné con claridad.
Como si fuera sencillo.
Como si bastara con entenderlo para que se apagara.
“Esto no es lo que quiero.”
Lo pensé así.
Muy limpio.
Muy definitivo.
Y por un momento funcionó.
De verdad funcionó.
Recuerdo la sensación de cierre.
Como si algo dentro de mí hubiese asentido.
Hecho.
Resuelto.
Fin.
No había lucha.
Solo una especie de calma rara.
Incluso me sorprendió lo fácil que parecía.
Pero esa calma no duró.
No sé en qué momento dejó de ser decisión.
Solo sé que volvió antes de que yo me diera cuenta.
No como un pensamiento claro.
Sino como una inclinación.
Pequeña.
Casi ridícula.
Abrir una pestaña.
Solo mirar.
Solo un momento.
Sin intención.
Sin significado.
Y después ya no era “volver a empezar”.
Era como si nunca hubiera salido.
Lo extraño no es que vuelva.
Lo extraño es que mi decisión siga ahí, intacta.
Pero sin fuerza.
Como una frase escrita en un sitio que ya no tiene peso.
Me digo:
ya lo dejé.
Y aun así lo hago.
No lo entiendo.
Y esa es la parte que ocupa más espacio.
Porque cuanto más intento explicarlo, menos encaja.
Y cuanto menos encaja, más vuelve.
No es que no quiera parar.
Es que no encuentro el momento en el que debería estar parado.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…