Si alguien me preguntara qué resulta más difícil de soportar, probablemente señalaría los cambios de tensión. Los reajustes. La forma en que el sistema encuentra siempre una nueva manera de redistribuir el peso.
Pero no sería verdad.
Lo más difícil es la atención.
Porque no quiero pensar en ello.
Y, sin embargo, no consigo dejar de hacerlo.
Al principio todavía intentaba anticipar los cambios.
Buscaba una lógica.
Una secuencia.
Alguna regla oculta que explicara por qué una presión desaparecía de un lugar para reaparecer unos centímetros más abajo.
No encontré nada.
Solo descubrí que el sistema parecía más paciente que yo.
La cuerda se desplaza.
Apenas.
Ni siquiera estoy seguro de haberlo visto.
Pero el hombro responde antes que la vista.
Siempre responde antes.
Hay polvo suspendido bajo la lámpara.
Muy poco.
Lo suficiente para que aparezca cuando la luz lo encuentra.
Lo observo durante varios segundos.
Después vuelvo a la tensión.
Después regreso al polvo.
No sé cuál de las dos cosas estoy intentando evitar.
Un ajuste.
Nada dramático.
Solo un cambio mínimo.
Eso es lo que me irrita.
No la intensidad.
La precisión.
Un tirón grande tendría sentido.
Esto no.
Esto parece diseñado para obligarme a prestar atención.
Hay dos agujeros pequeños en la pared del fondo.
Probablemente pertenecieron a algo que ya no está.
Un cuadro.
Una estantería.
Tal vez nada importante.
Llevo varios minutos preguntándome por qué nunca fueron tapados.
La pregunta permanece.
La cuerda también.
No quiero estar aquí esperando el siguiente movimiento.
Pero empiezo a reconocer ciertos sonidos.
La polea produce un clic seco cuando la carga cambia.
Un ruido breve.
Metálico.
Inmediatamente después siempre aparece una nueva distribución del peso.
Ya lo sé.
Y no recuerdo cuándo aprendí a saberlo.
Eso me molesta más de lo que debería.
Porque implica tiempo.
Implica repetición.
Implica familiaridad.
El sistema vuelve a cambiar.
Mi primera reacción es resistencia.
La segunda es observación.
La tercera resulta más difícil de admitir.
Curiosidad.
No me gusta la tensión.
No la deseo.
No la encuentro agradable.
Y aun así sigo pendiente de ella.
Esperando.
Midiendo.
Escuchando.
Como si una parte de mí continuara intentando resolver algo que la otra parte ya ha aceptado que no tiene solución.
La lámpara emite un zumbido débil.
Nunca había reparado en él.
Ahora parece imposible ignorarlo.
El cuello se ha bloqueado debería…