La Estructura de la Frase: Mi Anatomía como Objeto de Estudio Gramatical

No me gusta ser sumiso.

Lo repito con la misma convicción con la que alguien repite una verdad sencilla.

No me gusta.

Hay días en los que me despierto completamente seguro de ello.

Días en los que miro esa parte de mi vida como si perteneciera a otra persona. Como si hubiese sido una confusión. Como si hubiera llegado el momento de abandonarla definitivamente.

Y durante unos minutos lo creo.

Luego ocurre algo.

No siempre es un recuerdo importante.

A veces es algo absurdo.

La forma en que el Amo pronunció una palabra.

La pausa que dejó entre dos instrucciones.

La manera en que sus dedos ajustaron algo que parecía insignificante.

Y entonces mi mente regresa.

No al Amo.

No exactamente.

Regresa al proceso.

A ese lugar extraño donde algo dentro de mí comenzaba a reorganizarse.

Eso es lo que no entiendo.

Porque no echo de menos la obediencia.

No echo de menos la idea de ser sumiso.

Echo de menos algo que ocurrió dentro de mí mientras estaba siendo ajustado.

Como si durante unas horas hubiese existido una versión diferente de mí mismo.

No mejor.

No más feliz.

Solo más precisa.

Más cercana a una respuesta que nunca llegué a comprender.

Y cuanto menos la comprendo, más espacio ocupa.

La obsesión no aparece como deseo.

Aparece como una pregunta.

Una pregunta que vuelve una y otra vez.

¿Qué estaba ocurriendo allí?

¿Por qué sigo pensando en ello?

¿Por qué mi mente regresa constantemente a ese momento?

Hay noches enteras en las que intento analizarlo.

Intento desmontarlo pieza por pieza.

Reducirlo a psicología.

A hábito.

A dependencia.

A cualquier explicación razonable.

Pero mientras pienso aparece otro recuerdo.

La sensación de permanecer quieto.

El dolor instalándose poco a poco.

La certeza de que todavía faltaba mucho para que el proceso terminara.

Y algo dentro de mí se calma.

Eso debería preocuparme.

Y, sin embargo, lo único que hago es seguir observándolo.

Quizá el dolor tenga algo que ver.

No el dolor como sufrimiento.

Ni como placer.

Sino como lenguaje.

Como si cada molestia, cada presión, cada límite atravesado estuviera escribiendo algo que no logro leer cuando estoy lejos de allí.

Como si mi cuerpo entendiera un idioma que mi mente todavía no ha aprendido.

Por eso sigo regresando.

No porque quiera ser sumiso.

Sino porque sospecho que la respuesta se encuentra al final de una frase que nunca terminé de escuchar.

Y cada vez que intento alejarme, cada vez que decido que todo esto ha terminado, la pregunta vuelve a abrirse.

Mi vida continúa.

Trabajo.

Conversaciones.

Obligaciones.

Rutinas.

Todo sigue funcionando.

Pero a veces esas cosas parecen perder definición.

No desaparecen.

Simplemente se vuelven menos nítidas.

Como si una parte de mi atención permaneciera sentada en otro lugar.

Esperando.

Esperando el momento en que el Amo vuelva a comenzar su proceso.

Esperando el instante en que mi cuerpo vuelva a ser corregido.

Esperando descubrir si existe algo al final de ese camino que justifique esta obsesión.

Y quizá lo más inquietante sea que sigo sin encontrar una respuesta.

Porque cuanto más tiempo pasa, menos seguro estoy de querer ser sumiso.

Y al mismo tiempo, más difícil resulta dejar de imaginarme allí.

Inmóvil.

Ajustado.

Esperando.

Como si alguna parte de mí estuviera convencida de que la explicación solo existe al otro lado del último ajuste.

El cuello se bloquea en un ángulo definitivo no lo estoy moviendo se ha bloqueado debería…