No sé exactamente cuándo empezó.
Sería más fácil si pudiera señalar un momento concreto.
Una conversación.
Una orden.
Una decisión.
Algo.
Pero no fue así.
La verdad es más incómoda.
Empezó con detalles tan pequeños que me avergüenza admitir que todavía los recuerdo.
Recuerdo cómo apoyaba una mano sobre una mesa cuando estaba pensando.
Recuerdo que a veces se quedaba inmóvil unos segundos antes de responder algo sencillo.
Recuerdo el sonido de una silla desplazándose en otra habitación mientras yo fingía estar concentrado en otra cosa.
Y no entiendo por qué recuerdo eso.
Hay personas importantes en mi vida de las que apenas conservo fragmentos.
Sin embargo, puedo reconstruir perfectamente esos momentos inútiles.
Como si alguna parte de mí hubiera decidido archivarlos aparte.
Como si supiera que iba a necesitarlos después.
Lo absurdo es que nunca me gustó la idea de la sumisión.
Todavía no me gusta.
Cuando intento explicarlo en voz alta siempre suena equivocado.
Suena como si estuviera hablando de obedecer.
De rendirse.
De desaparecer.
Y no es eso.
O no exactamente.
Lo que me obsesiona es algo mucho más difícil de admitir.
Es la sensación de que existe un ritmo interno en él.
Un proceso.
Algo que está construyendo constantemente.
Y que yo nunca llego a comprender del todo.
A veces lo observo mientras hace cualquier cosa.
Algo completamente normal.
Leer.
Escribir.
Mirar una pantalla.
Preparar café.
Y de pronto tengo la sensación insoportable de que está avanzando hacia algún lugar invisible.
Como si estuviera completando algo que no puedo ver.
Entonces empiezo a esperar.
No porque me lo haya pedido.
No porque tenga una función.
Simplemente porque quiero estar allí cuando termine.
Y esa es la parte que más vergüenza me da.
Porque no quiero participar.
No quiero intervenir.
No quiero que me mire.
Ni siquiera quiero entender.
Solo quiero permanecer delante de él el tiempo suficiente.
Ver qué ocurre cuando finalmente llega al final de aquello que está haciendo.
Como si toda mi atención estuviera suspendida de una conclusión que nunca llega.
A veces pienso que la obsesión nació precisamente ahí.
En la espera.
No en él.
En la espera.
Porque cuando parece que está cerca de terminar algo, cambia.
Es mínimo.
Casi imperceptible.
Una tensión abandona los hombros.
La respiración se vuelve distinta.
La mirada deja de buscar.
Y durante unos segundos parece más presente que el resto del mundo.
Esos segundos son el problema.
Porque después vuelven a desaparecer.
Y paso días enteros intentando recordar exactamente cómo fueron.
No debería importar tanto.
Pero importa.
Mucho más de lo que debería.
Hay momentos en los que me sorprendo ajustando mi propio comportamiento a un ritmo que ni siquiera entiendo.
No porque me lo pida.
No porque exista una regla.
Simplemente porque quiero permanecer sincronizado con algo que apenas alcanzo a percibir.
Y cuanto más ocurre, menos sé explicarlo.
Porque sigue sin parecer sumisión.
Sigue sin parecer amor.
Sigue sin parecer dependencia.
Parece otra cosa.
Algo más silencioso.
Más extraño.
Como si una parte de mí hubiera decidido que observar el final de su proceso es más importante que cualquier conclusión propia.
Y lo peor es que empiezo a sospechar que, si algún día llegara a verlo terminar de verdad, no sabría qué hacer después.
Porque toda esta obsesión parece construida alrededor de una espera interminable.
La espera de un último ajuste.
De una última pieza.
De un último instante de claridad.
Y quizá la razón por la que sigo mirando es que temo descubrir que el proceso nunca termina.
Que él siempre estará avanzando hacia algo.
Y que yo siempre estaré unos pasos detrás, observando detalles absurdamente pequeños, intentando convencerme de que todavía no estoy obsesionado.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…