El Desalojo del Yo: Mi Anatomía como Activo en el Inventario del Mando

No lo estoy moviendo.

Debería moverlo.

Podría moverlo.

Pero antes de comprobar si realmente puedo, aparece otra cosa.

Aparece él.

No como una imagen completa.

Nunca ocurre así.

Es algo peor.

Aparece un detalle.

La forma en que sostenía una taza.

La pausa que hacía antes de responder una pregunta.

La manera en que parecía observar una habitación durante medio segundo más de lo necesario.

Detalles ridículos.

Detalles que no deberían sobrevivir.

Sin embargo sobreviven.

Esta mañana ocurrió antes incluso de despertar.

Durante esos segundos extraños donde todavía no existe el día pero ya no existe el sueño.

Apareció la idea.

No una fantasía.

No un recuerdo concreto.

Solo la certeza de que seguía allí.

Esperando.

Y sentí esa vergüenza inmediata.

Esa sensación desagradable de descubrir que alguien ocupa espacio dentro de tu cabeza antes incluso de que hayas abierto los ojos.

Intenté pensar en otra cosa.

Funcionó durante unos minutos.

Luego fui a preparar café.

Y mientras esperaba que el agua hirviera recordé una frase que dijo hace meses.

Ni siquiera era una frase importante.

Probablemente ni él la recordaría.

Pero yo sí.

La recuerdo demasiado.

Y cuanto más absurdo es el recuerdo, más vergüenza produce.

Porque no puedo justificarlo.

No puedo explicar por qué permanece.

No puedo explicar por qué sigue aquí.

Por qué sigue apareciendo.

Por qué sigue ocupando sitio.

Más tarde intenté distraerme viendo un vídeo que no tenía absolutamente nada que ver.

Otro tema.

Otra persona.

Otro mundo.

Y aun así ocurrió.

Una pausa.

Un gesto.

Un ángulo de la cámara.

Algo insignificante.

Y de repente estaba comparándolo.

Otra vez.

Como si mi mente hubiera desarrollado la costumbre humillante de utilizarlo como unidad de medida para todo.

Intento razonar.

Intento salir.

Intento explicarme que esto no tiene sentido.

Que el tiempo debería haber reducido el problema.

Pero el tiempo nunca lo reduce.

Lo concentra.

Lo vuelve más compacto.

Más silencioso.

Más difícil de extraer.

A veces pienso en Sade.

No en sus excesos.

No en sus sistemas.

Sino en su capacidad para comprender que ciertas ideas sobreviven precisamente porque resultan incómodas.

Porque producen rechazo.

Porque una parte de nosotros desea expulsarlas mientras otra parte sigue alimentándolas.

Y quizá ahí reside el verdadero problema.

No en recordar.

Sino en seguir regresando.

En seguir encontrándolo.

Antes de despertar.

Antes de comer.

Mientras espero un ascensor.

Mientras leo algo que no tiene relación alguna.

Mientras escucho una conversación donde su nombre ni siquiera existe.

La obsesión no parece una presencia.

Parece una contaminación.

Una modificación silenciosa de los procesos normales.

Y cuanto más intento comprenderla, menos la comprendo.

Cuanto menos la comprendo, más espacio ocupa.

Cuanto más espacio ocupa, más difícil resulta admitirlo.

Y cuanto más difícil resulta admitirlo, más vergüenza produce descubrir que sigue aquí.

Todavía aquí.

Como una marca circular que debería haberse borrado hace tiempo.

Como una huella que ya no está en la piel.

Pero sí en la atención.

Y quizá eso sea lo peor.

No que permanezca.

Sino que una parte de mí sigue esperando descubrir si algún día dejará de hacerlo.

No lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…