La supervisión técnica no empieza en el momento del control.
Empieza mucho antes.
Semanas antes.
Cuando todavía no hay intervención, pero ya hay idea.
No es deseo.
Eso sería demasiado claro.
Es otra cosa.
Más incómoda.
Una repetición mental que no depende de voluntad.
Y que aun así vuelve.
No me gusta admitirlo.
Porque no encaja con la forma en que debería pensar esto.
Debería ser clínico.
Neutral.
Pero no lo es.
Nunca lo ha sido del todo.
Lo que más me descoloca no es el acto de supervisión.
Es el hecho de haberlo imaginado demasiado pronto.
Sin querer.
Sin decidirlo.
Intento separarlo.
Como si pudiera dividir lo técnico de lo personal.
Pero no se separa.
Se mezcla.
Y esa mezcla es lo que me inquieta.
No la práctica.
Sino el eco previo.
La preparación silenciosa.
Porque hay algo en mí que ya ha recorrido ese escenario antes de que ocurra.
Varias veces.
Y no sé por qué.
No hay una razón clara.
Solo una insistencia.
Una repetición que no obedece a lógica visible.
Me molesta.
Porque no debería ocupar espacio.
Y sin embargo lo ocupa.
Con precisión.
Como si la mente lo hubiera registrado antes de la experiencia.
Como si lo hubiera ensayado sin permiso.
Y ahora, cuando sucede en el cuerpo, no hay sorpresa.
Solo reconocimiento.
Eso es lo que más cuesta aceptar.
No lo que ocurre.
Sino la forma en que ya estaba preparado dentro de mí.
Sin que yo lo eligiera.
Y cuanto más intento alejarlo, más claro se vuelve.
No más fuerte. Más claro.
Como una imagen que no desaparece aunque cierres los ojos.
Solo cambia de forma.
Y al final me descubro aquí.
Pensándolo otra vez.
Haciendo exactamente lo que decía no querer hacer.
El cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…