La Gracia del Pestañeo Roto: Crónica de mi Reinicio bajo el Látigo

Empiezo a sospechar que nunca fue el dolor.

Tampoco fue la inmovilidad.

Ni siquiera fue el Amo.

Eso es lo que vuelve todo más difícil de comprender.

Durante años pensé que entendía perfectamente a las personas que participaban en estas dinámicas.

Las observaba desde fuera.

Parecían personajes de una película ajena.

Personas construidas con materiales distintos a los míos.

Yo no era uno de ellos.

Yo era alguien normal observando algo extraño.

Algo distante.

Algo imposible.

Y sin embargo ahora me encuentro aquí, cinco días después, intentando entender por qué una línea roja pintada cerca del marco superior de una puerta sigue apareciendo en mi cabeza.

No el dolor.

No la intensidad.

No el momento central.

La línea.

La tercera línea.

La que descubrí después.

La que estaba ligeramente separada de las otras.

La que parecía no tener ninguna importancia.

La que estaba demasiado arriba.

Todavía no entiendo cómo podía estar tan arriba.

La pregunta es absurda.

No tiene relevancia.

No cambia nada.

Y sin embargo sigue ahí.

Regresando.

Una y otra vez.

Como si mi mente hubiera decidido que aquel detalle contiene una respuesta que todavía no he encontrado.

Empiezo a recordar la sesión de forma diferente.

No como una secuencia de acontecimientos.

Sino como una colección de objetos.

El polvo acumulado cerca del suelo.

El pelo largo de color castaño.

La marca del techo con forma de punta de lanza.

Las líneas rojas.

La textura de una pared.

El silencio.

Sobre todo el silencio.

Porque ahora comprendo algo que no comprendí entonces.

Permanecí inmóvil durante toda la sesión.

No porque me obligaran.

No porque no pudiera moverme.

Permanecí inmóvil porque estaba observando.

Y cuanto más observaba, más difícil resultaba abandonar la observación.

Fue entonces cuando ocurrió algo extraño.

La primera vez que sentí el impacto del instrumento entendí algo que todavía no sé explicar.

Que el instrumento no era estético.

Era comunicativo.

Aquello cambió algo.

Porque hasta entonces lo había entendido como un objeto.

Después dejó de ser un objeto.

Se convirtió en un lenguaje.

Cada sonido parecía contener información.

Cada pausa parecía contener información.

Cada movimiento parecía contener información.

Y yo no entendía el idioma.

Pero sabía que existía.

Quizá por eso la obsesión sigue creciendo.

Porque no siento que esté recordando una experiencia.

Siento que estoy intentando descifrar un mensaje.

Un mensaje incompleto.

Un mensaje que nunca terminó de llegar.

Por eso vuelvo constantemente a los detalles.

A la punta de lanza del techo.

A la tercera línea roja.

Al polvo.

Al silencio.

Al instante exacto en que comprendí que no estaba prestando atención al dolor.

Estaba prestando atención a algo detrás del dolor.

Algo más grande.

Algo que todavía no consigo nombrar.

Y cuanto menos consigo nombrarlo, más espacio ocupa.

Esa es la parte que me inquieta.

No me gusta ser sumiso.

La frase sigue siendo verdadera.

Sigue apareciendo.

Sigue produciendo la misma sensación de desconcierto.

Porque nada de esto encaja con la persona que creía ser.

Y sin embargo cada intento de alejarme termina acercándome más.

Cada explicación produce nuevas preguntas.

Cada respuesta abre otra puerta.

A veces me pregunto quién era yo antes de que todo esto empezara a ocupar tanto espacio.

La pregunta aparece.

Permanece unos segundos.

Y después desaparece.

No porque encuentre una respuesta.

Sino porque algo más fuerte ocupa inmediatamente su lugar.

La necesidad de comprender.

La necesidad de volver a mirar.

La necesidad de encontrar una capa más.

Como si la obsesión hubiera descubierto una forma de alimentarse de su propia incomprensión.

Como si cada duda se transformara automáticamente en combustible.

Y entonces entiendo algo todavía más inquietante.

Quizá ya no estoy intentando comprender al Amo.

Quizá estoy intentando comprender quién me estoy convirtiendo mientras lo observo.

Y quizá esa pregunta es mucho más profunda que cualquiera de las otras.

Porque la tercera línea roja sigue allí.

La punta de lanza sigue allí.

El silencio sigue allí.

Y algo dentro de mí continúa regresando a esa habitación incluso cuando mi cuerpo ya no está en ella.

Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo se ha bloqueado el cuello debería…