El ojo en la literatura del Marqués de Sade no funciona como órgano de contemplación, sino como dispositivo de captura irreversible; una infraestructura de exposición donde la mirada deja de ser elección y se convierte en estado. No observa: registra. No interpreta: fija. En esa economía extrema de la percepción, el ojo no pertenece al sujeto que mira, sino al sistema que lo atraviesa, reorganizando lo visible antes incluso de que pueda ser nombrado como imagen.
En Sade, mirar es ya haber sido visto. La reciprocidad no existe; lo que hay es un circuito cerrado de asimetría óptica donde la mirada del otro no devuelve humanidad, sino estructura. El sujeto no “ve” el poder: lo incorpora a nivel retiniano, como si la luz misma llegara con instrucciones internas de obediencia perceptiva.
Por eso el ojo sadiano no parpadea como protección, sino como fallo mínimo del sistema. Cada pestañeo introduce un error en la continuidad del registro. Y el poder, en esa lógica, no se ejerce sobre lo que se mira, sino sobre la imposibilidad de dejar de mirar sin perder consistencia interna.
Así, la visión deja de ser un acto cognitivo y se convierte en una forma de permanencia forzada: una memoria óptica que no recuerda lo que ha visto, sino que sigue viéndolo incluso después de que haya desaparecido.
Lo veo antes de querer verlo.
Eso es lo que no entiendo.
La pantalla está abierta.
O la abrí.
No recuerdo el momento exacto.
Solo el estado.
La pestaña arriba.
Quietísima.
Como si no hubiera cambiado.
La cierro.
El gesto es automático.
Pero ya estoy volviendo.
Otra vez.
No por curiosidad.
Eso ya no encaja.
Es algo más incómodo.
Necesito comprobar si todavía me afecta.
Si todavía me ocurre algo al verlo.
Lo abro.
El mismo contenido.
La misma disposición.
Pero hay un detalle.
Una frase desplazada.
O quizá siempre estuvo ahí.
No debería importarme tanto.
Pero vuelvo a leerla.
Una vez más.
Cierro.
El historial marca la misma hora dos veces.
Me quedo mirándolo.
Eso no tiene sentido limpio.
O sí lo tiene y no lo recuerdo bien.
Siento la vista cansada.
No del texto.
De mí.
Hay polvo en el borde de la pantalla.
O no.
No estaba hace un momento.
Lo limpio con el dedo.
Vuelvo.
Otra vez.
Ya no sé si estoy repitiendo el gesto
o si el gesto me está repitiendo a mí.
La página carga más rápido ahora.
Eso debería tranquilizarme.
No lo hace.
Cada vez que vuelvo, hay menos decisión.
Más inercia.
Menos distancia.
Y una sensación incómoda:
como si el primer regreso no hubiera sido el primero.
Como si yo ya hubiera estado aquí
antes de darme cuenta.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo los párpados ya estaban sedimentados en la cal…