Lo extraño no es que vuelva.
Es el momento exacto en el que ya sé que voy a volver… antes de hacerlo.
No es decisión.
Es reconocimiento.
Pongo el móvil boca abajo.
Como si eso significara algo.
Como si ese gesto pequeño pudiera sostener una semana entera de intentar no mirar.
Cinco minutos.
A veces menos.
Lo giro otra vez sin pensar demasiado.
No porque haya cambiado algo.
Sino porque no ha cambiado nada.
La primera vez pensé que era curiosidad.
Solo eso.
Algo ligero.
Algo que se podía cerrar cuando quisiera.
Pero no se cerraba.
Solo cambiaba de forma.
Una noche lo cerré.
De verdad.
Pantalla apagada.
Decisión limpia.
Incluso me pareció fácil.
Me sentí raro después.
No satisfecho.
Solo… suspendido.
Como si faltara algo que no debía faltar.
Al día siguiente no recordaba haber decidido volver.
Solo recuerdo el gesto.
Abrir.
Buscar.
No exactamente qué.
Solo abrir.
Lo peor es eso.
No es que no pueda parar.
Es que no sé en qué momento dejo de estar intentando parar.
Hay una pestaña siempre.
No importa cuál.
Podría ser otra cosa.
Pero es esa.
La dejo abierta como si fuera accidental.
Pero no lo es.
A veces me digo que solo estoy mirando.
Que no estoy haciendo nada.
Pero luego veo el tiempo.
Y ya no encaja con “solo mirar”.
No sé si busco algo.
O si busco la sensación de estar buscándolo.
Y hay días en los que lo entiendo menos.
Y justo por eso vuelvo.
Tengo el móvil boca abajo otra vez.
Esta vez más tiempo.
Como si ahora sí.
Como si esta vez el gesto tuviera peso real.
Pero ya sé el final.
Lo sé antes de tocarlo.
Lo giro.
No rápido.
No lento.
Solo inevitable.
No sigo leyendo porque entiendo más.
Sigo leyendo porque entiendo menos.
Tengo que mover el cuello no lo estoy moviendo debería…